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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 896

Lydia recobró el conocimiento. Lo primero que sintió fue una fuerte punzada en las sienes que parecía latir al compás de su corazón. Al abrir los ojos, tenía los párpados insoportablemente pesados y la vista nublada durante varios segundos.

—¿Dónde estoy? —preguntó en voz baja.

Un olor desconocido, mezcla de humedad, madera vieja y polvo acumulado, invadió sus sentidos. Se quedó inmóvil y dejó que la mente se le despejara mientras intentaba recordar lo que había pasado antes de que todo se oscureciera.

Lo primero que recordó fue el grito de Naomi y la forma en que la chica la había mirado. Tenía terror en los ojos, como si jamás fueran a volver a verse. Lydia cerró los ojos con fuerza ante ese recuerdo.

No. No permitiría que eso pasara. Pronto volverían a verse y estarían juntas, tal como esa mañana durante el desayuno. También quería ver a Cale, su esposo, cuanto antes.

La vista se le fue aclarando. El techo alto se extendía sobre ella, sostenido por viejas vigas de madera. Las paredes de cemento, que aún no estaban revocadas del todo, tenían grietas en varios puntos. Una sencilla lámpara colgaba del centro de la habitación y proyectaba una tenue luz amarillenta.

El lugar donde la tenían retenida distaba mucho de ser cómodo, pero tampoco se podía decir que fuera deplorable. Era como si alguien hubiera mantenido habitable el viejo edificio a propósito, pero sin intención de restaurarlo como era debido.

Lydia suspiró.

No tenía las manos atadas, pero la puerta de hierro frente a ella estaba entornada. No muy lejos, dos hombres montaban guardia, cada uno con un arma a la cintura. Incluso las pequeñas ventanas en lo alto de las paredes tenían gruesos barrotes de hierro.

Lydia desvió la mirada hacia un rincón del cuarto y examinó cada detalle que pudiera servirle más adelante. No había objetos filosos ni nada lo bastante útil como para servir de arma. Solo había una cama sencilla, una mesa de madera, una silla y una botella de agua sobre la mesa.

Respiró hondo. Entrar en pánico no la ayudaría a salir de ahí. Si quería volver a casa con Cale, tenía que mantener la cabeza fría.

El murmullo de varios hombres que hablaban fuera de la habitación puso a Lydia en alerta. A través de la estrecha rendija de la puerta entreabierta, alcanzaba a ver parte de un espacio mucho más amplio. Un enorme pilar de concreto le tapaba parte de la vista, pero pudo distinguir la silueta del hombre que la había secuestrado, acompañado de otros cuatro.

Sí, era Silas.

Era el cerebro de todo lo que les había pasado a Naomi y a ella ese día.

—Te lo advertí desde el principio —dijo uno de los hombres con la voz contenida—. ¡Fuiste demasiado lejos!

Silas permaneció de pie, tranquilo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—¿Demasiado lejos?

—¡La mujer que trajiste no es una cualquiera!

—Solo es una mujer —respondió Silas con indiferencia.

El hombre sacudió la cabeza.

—¿Eres idiota? Es la esposa del líder del Dragón Negro. ¿Quieres que todo el clan nos cace?

El silencio se apoderó del lugar durante varios segundos. Lydia siguió sentada sin apartar la vista de la escena. Mantuvo una actitud tranquila, pero aguzó el oído para captar cada palabra que saliera de detrás del pilar.

—Si Cale encuentra este lugar —dijo otro hombre en voz más baja, como si hasta pronunciar ese nombre le diera miedo—, no descansará hasta encontrarnos a todos.

—Destruirá toda esta organización —añadió otro—. Todos sabemos cómo trata a sus enemigos.

Silas suspiró y luego se rio, como si todas aquellas advertencias le parecieran graciosas.

—Le tienen demasiado miedo a un solo hombre.

—No es miedo —replicó el hombre—. Intentamos buscar la manera más segura de lidiar con él.

—Son todos unos cobardes —dijo Silas riéndose—. ¿De verdad les cuesta tanto admitirlo?

El ambiente se tensó una vez más. Uno de sus subordinados dio un paso al frente, con la cara encendida por una furia apenas contenida.

—Señor, todavía estamos a tiempo de devolverla antes de que sea demasiado tarde.

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