Pero no todos sabían que debajo del restaurante se encontraba uno de los salones más importantes de la familia Devereux, un lugar que durante décadas sirvió como punto de reunión para quienes estaban ligados a la familia por lealtad.
Su auto accedió por la entrada privada trasera del restaurante, bajo estricta vigilancia.
En cuanto Naomi bajó del vehículo, percibió la tensión del ambiente.
El aire se sentía más frío y pesado. Era tan opresivo que agravaba la presión que sentía en el pecho.
Decenas de hombres vestidos de negro estaban apostados en distintos puntos del corredor subterráneo, alertas y con mirada penetrante, provistos de auriculares de comunicación. Todo era eficiente. Todos se movían con rapidez y precisión.
—Buenas noches, señor Devereux —saludaron al unísono mientras inclinaban la cabeza.
Cale apenas les dedicó una mirada antes de seguir adelante. Vincent caminaba a su lado, mientras Lydia y Naomi los seguían. Sus pasos resonaban apagados por el largo corredor revestido de mármol negro.
Sin darse cuenta, Naomi apretó aún más las manos entrelazadas. Lydia, que caminaba junto a ella, le rozó el dorso de la mano.
—Respira —le susurró Lydia—. Trata de mantener la calma.
Solo entonces Naomi se dio cuenta de que llevaba varios segundos conteniendo la respiración. Respondió con un leve asentimiento.
Delante de ellas, Cale avanzaba con paso firme y la cara otra vez indiferente. Vestido de negro, esa noche lucía mucho más intimidante.
Ese no era el Cale de siempre, el de la franqueza irritante y los comentarios bruscos.
Ese era Alec Devereux.
El hombre temido en todo Portclair.
Por fin, las enormes puertas del salón se abrieron despacio. En un instante, la sala entera enmudeció. Naomi casi se detuvo.


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