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El Precio del Desprecio Dulce Venganza (Valentina y Mateo) romance Capítulo 1193

Leandro se quedó paralizado por un instante.

Katia lo miraba con los ojos desbordados de rencor.

—Leandro, tú arruinaste mi vida entera. Si no hubiera sido por Sara, probablemente ya estaría muerta. Jamás te lo voy a perdonar. Y ahora solo me queda esperar a ver cómo terminas.

—¿Cómo termino yo? —respondió Leandro.

Katia dio un paso más, encarándolo de cerca.

—Tú y tu manía de favorecer a tu amante y a tu hija ilegítima, ya eso es el colmo. Pero Sara también es tu hija, ¡y hoy estuviste dispuesto a destruirla con esa foto!

A Leandro se le hizo un nudo en la garganta. Por culpa de Katia, nunca había tenido una relación cercana con Sara, pero jamás había querido hacerle daño.

—Sara también es mi hija. ¿Cómo se te ocurre pensar que yo querría destruirla?

—¿Y cuando sacaste esa foto, no pensaste en las consecuencias? Si Luis no hubiera llegado a tiempo, ¿tienes idea de lo que Sara habría tenido que enfrentar?

—¡Yo…!

—Leandro, todo el mundo se da cuenta de las verdaderas intenciones de esa mujer que mantienes escondida por ahí. El único que no lo ve eres tú. Te lo advierto: esa mujer es calculadora, tiene las intenciones bien claras, y tarde o temprano tú también vas a caer en su trampa. Ya quiero ver cómo terminan los dos.

Dicho esto, Katia dio media vuelta y se marchó.

Leandro se quedó ahí, paralizado, solo. ¿Sería verdad que Joana era una mujer tan calculadora?

No. Joana era demasiado sencilla, demasiado pura. Ella no sería capaz de algo así.

Afuera de la mansión, dentro de un lujoso auto negro estacionado entre las sombras de los árboles, el ambiente era gélido y opresivo, casi asfixiante.

Joana y Nina iban sentadas en el asiento trasero. El escándalo que acababa de estallar en la fiesta de cumpleaños había arruinado por completo todos los planes de madre e hija.

Joana llevaba conteniéndose desde hacía rato, y ya el rencor y los celos le quemaban el pecho sin control.

Miraba hacia la mansión, hacia las luces encendidas en los pisos superiores, hacia todo ese esplendor que le pertenecía a Sara. Clavó las uñas en la palma de su mano, y su rostro, de maquillaje impecable, se llenó de rencor y resentimiento.

—Qué gracioso. Qué gracioso todo esto.

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