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El Precio del Desprecio Dulce Venganza (Valentina y Mateo) romance Capítulo 1196

—¿Otro plan? ¿Qué plan?

—Si Leandro no nos sirve, entonces vamos a apoyarnos en tu verdadero padre.

Al decir esto, a Joana se le encendió la mirada con una ambición desbordante. Sacó el teléfono de inmediato y marcó un número. En cuanto contestaron, su tono cambió por completo: de la furia pasó a una suavidad calculadora.

—Pipe, ¿dónde estás? Tuvimos un problema. Leandro empezó a sospechar de mí. Voy para allá con Nina.

Del otro lado se escuchó una voz de hombre, grave y áspera, con un tono perezoso pero cargado de frialdad.

—Vengan. Estoy en el lugar de siempre.

Colgó, miró a Nina y le dijo:

—Nina, ahora mismo vamos a buscar a tu verdadero padre.

Joana encendió el carro, dio la vuelta sin mirar ni una sola vez hacia la imponente mansión de los Vargas, y aceleró rumbo a su destino.

Veinte minutos después.

En un exclusivo edificio de apartamentos privados a las afueras de la ciudad.

El lugar quedaba lejos del bullicio del centro, con una decoración lujosa pero discreta. Era la residencia del verdadero hombre que Joana llevaba más de diez años escondiendo.

Ese hombre se llamaba Felipe.

Era de contextura alta, mirada dura y un aire callejero y peligroso. Llevaba años en negocios turbios, era despiadado en sus métodos y sumamente calculador. Había sido el primer amor de Joana, y también era el verdadero padre de Nina.

Años atrás, cuando ambos eran jóvenes y estaban enamorados, ella quedó embarazada sin planearlo. Felipe, de familia humilde, no tenía cómo mantener a una familia, así que Joana, buscando un respaldo económico para su hija, se metió en la vida de Leandro, que en ese entonces atravesaba un vacío en su matrimonio.

Desde entonces, mientras dejaba que Leandro cargara con los gastos de madre e hija durante más de una década, sin sospechar nada, ella mantenía en secreto su relación con Felipe. Dieciséis años de paciencia y planificación, todo con un solo objetivo: quedarse con el patrimonio de los Vargas.

La puerta del apartamento se abrió.

Felipe estaba sentado en el sofá, fumando. Levantó la mirada al ver entrar a madre e hija, y se detuvo en el rostro pálido y desecho de Nina.

—¿Qué pasó? ¿Se arruinó la fiesta? —preguntó, soltando el humo, con total indiferencia.

Joana se sentó a su lado y empezó a reclamarle.

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