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El Señor Herrera y su Pequeña Prisionera romance Capítulo 5

Cuando Belén despertó, ya había amanecido.

Las cortinas no estaban completamente cerradas, y la luz de la mañana caía sobre los pies de la cama, con un resplandor cegador.

Aarón ya se había ido.

El lado de la cama donde él había estado seguía un poco hundido, y en la almohada aún quedaba el frío aroma a madera característico de su perfume.

Los recuerdos de la noche anterior la invadieron en fragmentos.

La había arrinconado hasta el borde, su espalda chocando contra el suave edredón.

Pero, al instante siguiente, Aarón le sujetó los tobillos y la arrastró de vuelta a sus brazos.

Recordaba que al final no pudo evitar llorar.

Lo había llamado "señor" una y otra vez, con una voz tan baja que casi se quebraba.

Y a Aarón le había encantado.

Más tarde, cuando ella ya no lo soportaba, comenzó a llamarlo por su nombre.

—Aarón, ya no, por favor, ya no...

Pero él no la dejó ir.

Era como si quisiera cobrarse de su cuerpo todo el mes que habían estado separados.

En la oscuridad, su mano acariciaba suavemente su vientre. Se acercó a su oído y murmuró con voz ronca:

—Belén, ¿hay algo que me estás ocultando?

Ella se asustó tanto que dejó de respirar, tensando el cuerpo de golpe.

Aarón soltó un quejido sordo, presionando con fuerza su espalda baja, y dejó escapar una risa ronca.

—¿Por qué te tensas tanto? ¿Acaso intentas asesinarme?

Belén negaba con la cabeza desesperadamente, pero las lágrimas ya rodaban por sus mejillas.

Como una pequeña balsa tragada por la noche, solo pudo aferrarse a sus hombros, insultándolo entre sollozos:

—Aarón, eres un bastardo.

...

—Señorita Cruz, el doctor Mateo está por llegar. La señora pide que baje.

La voz de la empleada al otro lado de la puerta la sacó de sus recuerdos.

Belén respondió con un "ya voy" y, al hablar, se dio cuenta de lo ronca que estaba su voz.

Al arreglarse, notó que su reflejo en el espejo se veía aún peor que ayer. Sus labios estaban pálidos y en el rabillo de sus ojos aún quedaba un tono rojizo que no se había desvanecido del todo.

Se lavó la cara con agua fresca durante un largo rato y se aplicó un poco de lápiz labial para intentar disimular esa palidez enfermiza.

Ya había gente en la sala.

Sofía estaba sentada en el sofá platicando con Beatriz. Aarón estaba sentado al otro extremo, revisando unos documentos.

Llevaba un traje oscuro impecable, con la corbata perfectamente anudada. Su expresión era distante y formal, como si el hombre que había perdido el control en su habitación la noche anterior jamás hubiera sido él.

Sofía fue la primera en verla y sonrió:

—Ya despertaste, Belén.

Belén asintió con la cabeza.

Aarón pasó a la siguiente página de su documento sin levantar la vista.

—Ven aquí.

El rostro de Belén palideció.

Capítulo 5 1

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