Esa misma tarde, el mayordomo de los Herrera envió varios cambios de ropa.
Cuando la empleada los estaba recibiendo, Belén bajaba las escaleras.
Al ver aquellas bolsas con ropa oscura, sus pasos se detuvieron.
Esa cantidad no era para quedarse una sola noche. Parecía que planeaba instalarse por un largo rato.
Mientras más lo veía, más pánico sentía.
Sabía que Ricardo y Beatriz tenían alguna idea de lo que pasaba entre ella y Aarón, pero una cosa era sospecharlo en el fondo, y otra muy distinta tenerlo en sus narices.
Aarón era un hombre en extremo posesivo.
Y ella no quería dormir con él todas las noches bajo el mismo techo que sus padres.
Si a Aarón no le importaba el descaro, a ella sí.
Y lo que era peor... estaba embarazada.
Por ahora podía seguir usando la excusa de su periodo.
Pero si vivían juntos, tarde o temprano la descubriría.
Tenía la cabeza hecha un torbellino, así que después del almuerzo puso de pretexto que todavía tenía trámites de graduación pendientes y que debía ir a la universidad.
Aarón estaba sentado en el sofá revisando unos papeles, y apenas levantó la vista al escucharla.
—Que te lleve el chófer.
Belén quiso decirle que no era necesario.
Pero las palabras se le atoraron en la garganta y terminó callando.
El chófer la llevó hasta la entrada del campus.
Al bajarse del auto, el conductor le recordó:
—Señorita Cruz, el señor dijo que pasará por usted en la noche.
Ella se quedó inmóvil por un segundo.
—Esta noche me quedo en los dormitorios.
El chófer dudó:
—Pero...
Belén no le dio más explicaciones y cruzó la puerta de la escuela.
En el momento en que pisó el campus, la tensión que había cargado en los hombros durante todo el día por fin cedió un poco.
El sol se filtraba entre los árboles y había estudiantes por todas partes.
Algunos salían de la biblioteca abrazando sus libros; alguien pasó a su lado en bicicleta e hizo sonar el timbre alegremente.
A lo lejos, se escuchaban las risas en la cancha de baloncesto, un bullicio que parecía pertenecer a un mundo completamente diferente al suyo.
Belén se quedó parada bajo la sombra de un árbol, sintiéndose fuera de la realidad.
Al llegar a su habitación, encendió la computadora.
El Estudio Brisa Marina le había enviado un mensaje en la mañana para preguntarle sobre su fecha de ingreso.
Se quedó mirando esa línea de texto durante largo rato antes de teclear su respuesta:
"Una disculpa, por motivos familiares no podré mudarme a Costa Niebla."
Justo después de enviarlo, agregó algo más:
"Pero, si en el futuro necesitan diseños que encajen, ¿podríamos seguir trabajando como freelance?"
Le respondieron casi de inmediato:
"¡Claro que sí! Nos encanta tu estilo. Lo de unirte al equipo podemos dejarlo para otra ocasión. Los pagos seguirán siendo por encargo."
Al leer ese mensaje, Belén sintió un nudo en la garganta.
Esa oportunidad no se la dio la familia Cruz.
Tampoco era una limosna de Aarón.
Era algo cien por ciento suyo.
Desde su segundo año de universidad, había estado subiendo bocetos a internet. De vez en cuando le encargaban diseños pequeños y hasta llegó a vender algunas piezas finales. No era una fortuna, pero guardaba todo ese dinero en una cuenta separada.
Los Cruz no sabían de eso.
Aarón tampoco.
Esa era la ruta de escape que había construido centavo a centavo.


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