La puerta de la sala de chequeo no estaba bien cerrada, y desde adentro se escuchó el ruido de la enfermera abriendo el envoltorio de las jeringas.
Fue un sonido apenas perceptible.
Pero los dedos de Belén se contrajeron al instante.
Aarón pasó a la siguiente página de sus documentos y preguntó sin darle importancia:
—¿Tienes frío?
Belén negó con la cabeza:
—No.
El chequeo de Sofía fue rápido.
Al salir, llevaba un algodón en el brazo y estaba un poco pálida. Beatriz, preocupada, la sostenía y le preguntaba en voz baja si le dolía.
Sofía negó con la cabeza:
—No me duele.
Levantó la vista y, al ver que Belén seguía atrapada junto a Aarón, detuvo sus pasos por un momento.
El rostro de Belén perdió el color y de inmediato se removió para soltarse.
Esta vez, Aarón sí la dejó ir.
Ella se puso de pie casi como un resorte y se acomodó la falda arrugada.
Aarón actuó con tanta naturalidad como si no hubiera pasado absolutamente nada.
—Revísala a ella.
El doctor Mateo se acercó y miró a Belén.
—Señorita Cruz, ¿qué síntomas ha tenido últimamente?
Belén respondió en voz baja:
—Poco apetito.
—¿Náuseas? ¿Acidez?
Belén dudó un momento y admitió en un susurro:
—Un poco.
El doctor Mateo asintió y volvió a preguntar:
—¿Su periodo es regular?
Belén se quedó completamente paralizada.
La sala estaba en un silencio abrumador.
Un silencio tan profundo que casi podía escuchar los latidos de su propio corazón.
Apretó las manos, y obligándose a mantener la compostura, respondió:
—Últimamente he tenido mucho estrés, así que está un poco irregular.
El doctor Mateo no sospechó nada raro:
—Es normal que las mujeres jóvenes, por el estrés y la falta de sueño, presenten alteraciones. Le sacaremos un poco de sangre para revisar y ver si hay alguna inflamación.
La enfermera se acercó con la aguja para la extracción.
El rostro de Belén palideció de golpe.
Retrocedió un paso de forma casi instintiva.
—No quiero que me saquen sangre.
No alzó la voz, pero logró que todos clavaran sus ojos en ella.
El doctor Mateo se sorprendió:
—¿Señorita Cruz?
Belén sabía que estaba reaccionando de manera exagerada.
Pero no podía controlarlo.
La aguja en la mano de la enfermera, la liga, el algodón... cada objeto parecía exigirle que revelara su secreto.
Sofía le dijo suavemente:

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