—¿Otra vez se durmió en la sala de descanso del jefe?
—¿Y qué tiene de raro? ¿No vive prácticamente ahí?
—Pero, ¿no es la señorita de la familia Cruz? Además, le dice tío.
Alguien soltó una risita burlona.
—Qué señorita ni qué nada. La verdadera heredera regresó, ella no es más que una aparecida.
—Tiene sentido. Al perder el título de señorita, tuvo que buscarse la vida de otra forma.
—Shh, hablen bajo, que el jefe la protege.
En ese instante, plantada del otro lado de la puerta, a Belén se le heló la sangre.
Resultó que todos esos episodios vergonzosos, el miedo y la humillación que trataba de esconder a toda costa, ya eran un secreto a voces.
A nadie le importaba si Aarón la obligaba o no.
Todos daban por hecho que era ella la descarada y ambiciosa.
Creían que, al quedarse sin el amparo del nombre de los Cruz, se había trepado a la cama de Aarón Herrera.
El despacho estaba sumido en un silencio denso.
Tan denso que Belén podía escuchar cómo la respiración de Aarón se iba tornando más pesada.
Ella retrocedió con la cabeza agachada.
Apenas dio medio paso hacia atrás cuando él la agarró de la cintura y la arrastró violentamente hacia sí.
—No.
Giró el rostro para esquivar los labios de Aarón, y el pánico finalmente se filtró en su voz.
—Estamos en el despacho de papá. Aquí no.
Apoyó las manos contra el pecho de Aarón y cerró los ojos negando desesperadamente con la cabeza.
Aarón la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.
Observó sus labios descoloridos y murmuró:
—Tienes razón.
Las pestañas de Belén temblaron.
El pulgar de Aarón acarició lentamente la comisura de sus labios.
—Ese título de señorita Cruz es una molestia.
Aquel día solo había metido las manos por ella porque verla tan asustada e indefensa le causó lástima.
Además, calculó que si estaba bajo su protección, la familia Cruz no se atrevería a maltratarla.
Pero no imaginó que dejarle ese título iba a provocarle tantos conflictos ahora.
De haberlo sabido, se la habría llevado directamente a la casa de los Herrera, y se habría ahorrado tantos problemas.
Belén no tenía idea de lo que él estaba pensando.
Estaban demasiado cerca. La imponente presencia de Aarón la envolvía como una red asfixiante.
Estaba tan angustiada y aterrorizada que hasta le costaba respirar.
Pero en ese preciso instante, un calambre agudo le atravesó el vientre.
El rostro de Belén perdió todo el color.
Las manos que empujaban el pecho de Aarón perdieron la fuerza y ella casi se derrumba.
Aarón notó de inmediato que algo andaba mal.
—¿Te sientes mal?


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