Cuando Carolina estaba por terminar su jornada en la oficina, Mauro le avisó de repente que esa noche pasarían por ella para ir a una cena.
Normalmente, Carolina siempre aceptaba estas invitaciones.
Era una especie de trato tácito entre los dos: ella lo ayudaba a lidiar con sus amigos, y Mauro le daba oportunidades para lucirse frente a ellos.
Ambos ya estaban tan acostumbrados a trabajar juntos, que apenas necesitaban explicaciones.
Pero cuando el carro de Mauro se detuvo frente a la entrada de un festival de música, Carolina pensó que algo andaba raro.
—¿No íbamos a una cena hoy? —preguntó, confundida.
Mauro sonrió, le quitó el cinturón de seguridad y le mostró dos boletos en la mano.
—El otro día te vi tratando de conseguir entradas para este festival con tu celular, pero no alcanzaste. Justo la organizadora es amiga mía, así que le pedí un par de boletos.
Carolina sí había querido ir, pero su habilidad para comprar boletos no era la mejor; apenas salieron a la venta, se agotaron en segundos.
Por lo general, no era tan difícil conseguir entradas para un festival de música, pero esta vez el evento sería en la playa y traían a una banda muy famosa, así que volaron.
Entre la emoción y la risa, Carolina lo miró de arriba abajo y no pudo evitar burlarse:
—¿Vienes de traje a un festival? Seguro eres el único loco.
Mauro no se ofendió por su broma; al contrario, alzó una ceja y preguntó:
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada, nada —contestó Carolina, riendo.
Ya dentro del festival, Carolina parecía otra persona: se volvió mucho más animada, arrastrando a Mauro hasta encontrar el mejor lugar para ver el escenario, y moviéndose al ritmo de la música apenas empezó el concierto.
Mauro, con las manos en los bolsillos, se quedó parado a su lado, completamente ajeno a la euforia del público, pero sin perder la calma en ningún momento.
Entre la multitud, algunos empezaron a murmurar.
—Oye, ¿ves al tipo de traje allá? ¿No será que va a pedirle matrimonio a su novia?
—¡Sí, seguro! ¿Quién más viene con ese look a un festival? Además, tiene la mano en el bolsillo, seguro trae el anillo.
—Pero, ¡qué pareja tan linda! Ojalá la cámara los enfoque.
—¡Ay, no! Ojalá no le proponga matrimonio justo en el concierto de mi banda favorita. ¿Por qué la gente quiere llamar tanto la atención?
Los comentarios seguían, mezclando expectativa, envidia y hasta molestia.
Pero a Mauro no parecía importarle nada.
Carolina también escuchó los rumores, y cuando el vocalista interactuó con el público a mitad del show, sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.
Por favor, que no haya una propuesta de matrimonio. Por favor, que no pase eso.
Lo pensó una y otra vez en silencio.
Esta vez, parecía que el universo escuchó sus ruegos.
Cuando terminó la música y el festival llegó a su fin, Carolina estaba agotada, pero feliz.
Observó de reojo al hombre que había estado callado toda la noche a su lado. Mauro la acompañó hasta el último acorde, inmutable, y eso le causó gracia.
—Vámonos, Mauro. Ya acabó. Gracias por venir hoy, seguro es la primera vez que pisas un festival así.
Mauro curvó los labios en una ligera sonrisa.
—No fue ningún sacrificio. Me basta con que tú lo hayas disfrutado.

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