AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 71. Un montañés
Carter y Chelsea se adaptaron a su nuevo departamento con una facilidad que sorprendió a ambos. Era pequeño, luminoso, con una vista parcial del río y una cocina ridículamente estrecha que los obligaba a cocinar casi pegados, lo cual, para Carter, era más una ventaja que una molestia.
Chelsea volvió a la universidad apenas una semana después de la mudanza, y unos meses después seguía caminando por el campus con la pancita ya redondeándose y una alegría tranquila que no había tenido desde hacía años. Sus compañeros la abrazaban, la felicitaban, la consideraban; y ella sonreía, aunque por dentro se sentía todavía un poco frágil. Era como si caminara sobre tierra recién removida: firme, pero aún suave. Porque exactamente eso era la vida familiar para ella después de todo lo que había pasado con sus padres.
Mientras tanto, Carter vagaba por Nueva York como quien intenta acostumbrarse a una vida completamente nueva. Pasaba horas caminando sin rumbo, a veces tomando café en las esquinas, otras observando a la gente desde los parques. No estaba perdido… pero tampoco estaba anclado a nada. Necesitaba encontrar algo que hacer, algo que le diera sentido a su día más allá de acompañar a Chelsea a las consultas médicas o hacer la compra semanal.
Una tarde, Chelsea llegó antes de lo habitual a casa y, al abrir la puerta, escuchó voces desde la sala. La curiosidad la empujó a caminar de puntillas hasta la entrada y ahí vio a Carter con el teléfono en la mano, mientras Patrick hablaba desde el altavoz. Su novio caminaba de un lado a otro, gesticulando como si intentara convencer a alguien de una locura monumental.
—…Sí, pero te digo que esta vez es real —decía Carter—. No es un plan falso, ni una trampa, ni un teatro policíaco. Es un comprador de verdad. Viene en dos días.
Chelsea frunció el ceño y cruzó los brazos.
—¿Y ahora qué locura estás planeando? —preguntó desde la entrada y Carter se giró tan rápido que casi se le cae el teléfono. Patrick soltó una risita del otro lado.
“Te dejo con tu mujer” dijo, y colgó sin esperar respuesta.
Carter se pasó una mano por el pelo, nervioso, y exhaló un largo suspiro antes de contestar.
—No es nada malo —empezó.
—Eso dicen siempre los hombres antes de decir algo malo —respondió Chelsea, entrando a la sala—. A ver, ¿qué comprador es ese?
Él respiró hondo.
—Encontré un comprador real para la explotación de Silver Ridge.
Chelsea parpadeó, desconcertada.
—¿Cómo que explotación? ¿Qué hay ahí? ¿Oro? ¿Petróleo? ¿Diamantes? ¿Una fábrica secreta de chocolates?
—Un mineral raro —dijo él sonriendo—. Uno que sirve para elaborar microchips de alta capacidad. No es muy común y, según parece, la montaña tiene suficiente como para que valga la pena.
Ella lo miró como si necesitara procesarlo, porque recordaba muy bien que él le había dicho que su bisabuelo quería que mantuvieran las tierras tal y como estaban.
—O sea… ¿vas a dejar que exploten la montaña? ¿En serio?
Carter levantó ambas manos.
—Antes de que empieces a imaginar excavadoras gigantes destruyendo todo, no —aclaró—. Ya estuve hablando con mi posible socio, ya sabes, investigando, y se trata de minería limpia, a pequeña escala. Nada de explosiones, nada de maquinaria violenta. Solo tecnología moderna y precisa. Localizan el mineral con sus aparatos, extraen poco porque realmente no es que sea abundante, y el impacto es prácticamente cero.
Chelsea se acercó lentamente y le tomó la mano, estudiándolo.
—¿Estás seguro de que quieres hacer eso? —preguntó—. Pensé que esperaríamos para volver a Silver Ridge.
Él bajó la mirada, como si esas palabras le tocaran una fibra sensible.
—La verdad es que no… no sé si quiero volver —admitió—. Al menos no por ahora. Tengo… —tragó saliva— demasiados recuerdos ahí. Buenos, sí, pero también demasiadas muertes, demasiados fantasmas. Y tú y el bebé son mi prioridad. Esto del mineral me da más estabilidad. No es como que vaya a molestarme por ser millonario ¿verdad? Y al final no es como que vaya a dejar de ser quien soy.
Chelsea lo apretó de la mano.
—Tú puedes ser un montañés en cualquier lugar —le dijo con una sonrisa suave—. No necesitas Silver Ridge para eso.
Chelsea abrió la boca.
—Eso sí que no lo vi venir —admitió con una carcajada—. ¿Animales exóticos? ¿Como qué? ¿Un puma? ¿Un lémur? ¿Un mapache con doctorado?
—Todos los que necesiten hogar —respondió él—. Animales que rescaten de circos, o de tráfico ilegal, o de cualquier cosa. Creo que siempre me gustaron más los animales que la gente.
—Eso siempre fue evidente —dijo ella, acercándose—. Y me parece una gran idea. Una maravillosa idea, de hecho.
Hubo un silencio breve mientras el viento movía unos copos sueltos entre ellos.
Carter la miró entonces, serio, totalmente presente.
—Chels…
—¿Sí?
Él metió una mano en el bolsillo de su chaqueta, y cuando la sacó, tenía una pequeña caja negra. Chelsea se quedó paralizada y Carter se arrodilló en la nieve.
—Quiero hacer todo contigo. Lo bueno, lo malo, lo que dé miedo y lo que dé risa. Quiero ser el papá de nuestro hijo y… —respiró hondo— …quiero que seas mi esposa. Chels, ¿quieres casarte conmigo?
La muchacha se llevó las manos a la boca, con los ojos brillantes estallando en lágrimas.
—¡Joder espero que eso sea un sí! —bromeó.
—¡Sí, claro que sí! —exclamó ella finalmente, llorando y riendo al mismo tiempo—. ¡Pero como vea una tarántula en la casa me divorcio!

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