MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 76. Incertidumbre
Seija ni siquiera podía explicar aquella desesperación que parecía estar devorándola por dentro, solo estaba segura de que si ella estaba ilesa era porque Camilo no lo estaba. Y lo peor de todo era que no le sorprendía en absoluto, no le extrañaba que Camilo hubiera puesto en medio su propio cuerpo para salvarla, incluso creyendo que aquel gesto venía demasiado tarde.
—Por favor, tienes que decírmelo. Tienes que decirme… la voz se le quedó atorada en la garganta y las lágrimas subieron a sus ojos sin que pudiera evitarlo.
La enfermera dudó un segundo, pero finalmente miró alrededor y dejó escapar un suspiro resignado.
—Entiendo lo difícil que debe ser esto para usted pero no hay mucha información que pueda darle ahora mismo.
—¿Está vivo?
El silencio fue demasiado largo pero la mujer por fin se atrevió a romperlo.
—Sí, pero está en el quirófano todavía y ahí…. ahí cualquier cosa puede pasar. No quiero asustarla, pero debe ser fuerte.
Sin embargo al enfermera no pudo seguir hablando, porque en ese momento entró un médico, revisando una tablet con el ceño fruncido.
—Usted… es una mujer con suerte —dijo con tono profesional mientras se acercaba a la cama—. ¡Con mucha suerte! La bala solo le rozó el hombro, no hubo perforación profunda, así que solo tuvimos que sacársela y va a estar bien, se lo aseguro.
Pero Seija no parecía escuchar ni la mitad de la información. En ese momento no le importaba lo que le había pasado a ella, sino el hecho de que si había tenido una laceración poco profunda era precisamente porque él la había salvado.
—¿Y Camilo? ¡Quiero saber cómo está!
El médico levantó la vista y carraspeó porque tenía tanto miedo de asustar a la paciente como de darle esperanzas.
—El señor Marshant recibió un impacto más serio. Está en cirugía ahora mismo y…
La frase cayó con un peso insoportable y Seija se incorporó con un gruñido.
—¡Dígamelo con todas sus maldit@s letras! ¿Qué tanto está pasando en esa cirugía? —preguntó, sintiendo cómo el miedo regresaba con más fuerza que antes.
—La bala perforó el pulmón izquierdo —dijo por fin el médico—. No es mi caso, pero por lo que escuché, perdió bastante sangre. Están trabajando para estabilizarlo.
Seija sintió que el aire se le escapaba.
Seija cerró los ojos un instante, pero la verdad era que no sentía alivio ni tristeza, solo un cansancio inmenso.
Las horas siguieron avanzando con lentitud cruel hasta que finalmente se escuchó un ruido afuera y el mismo Henry derrapó
Seija se incorporó de inmediato, ignorando el dolor en el hombro.
—Henry…
Pero el alivio en su rostro le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Está vivo todavía —susurró y Henry asintió abrazando a su esposa.
—Lograron estabilizarlo —dijo con tono tenso, porque aquella solo era la primera victoria y la más pequeña de todas—. Pero la bala perforó el pulmón y hubo complicaciones durante la intervención. Las próximas horas serán críticas.
El mundo volvió a inclinarse bajo los pies de Seija y esta vez no había asfalto ni disparos, solo una espera insoportable que apenas comenzaba, y una esperanza que se negaba a morir a toda costa.

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