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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 72

AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 72. Bebé a la vista

—Nada de tarántulas, me conformaré con lobos y eso —sonrió Carter, abrazándola con tanta fuerza que la levantó del suelo nevado, y Chelsea rio entre lágrimas mientras él giraba con ella, como un niño celebrando un gol.

Decidieron casarse después de que naciera el bebé, más por prudencia que por otra cosa.

—Pero ¿por qué esperar? —se impacientó Rebecca que quería que todo sucediera ya.

—Porque no voy a caminar hacia el altar con la panza del tamaño de un meteorito —rezongó Chelsea.

—Pues yo te encuentro hermosa en todas las versiones posibles —aseguró Carter con una sonrisa embobada y su prometida levantó una ceja desafiante.

—Tienes la obligación moral de verme preciosa, cavernícola, porque tú me hiciste esto —replicó acariciando su pancita.

—¡Pues lo que digo, que si ella quiere esperar, entonces esperamos! —carraspeó él como si supiera que en casa le esperaba un castigo.

Además, estaban disfrutando demasiado de la calma —al fin calma— como para saturar la vida con prisas.

Los meses fueron transcurriendo casi sin que se dieran cuenta. El embarazo de Chelsea fue, en general, bueno… aunque lleno de momentos peculiares. Ella empezó a antojarse de cosas rarísimas, como mango con sal, helado de vainilla con papas fritas, y un día incluso le pidió a Carter que buscara “pan de ajo dulce”. Carter la miró como si se hubiera golpeado la cabeza.

—Eso no existe, Chels —dijo él, sosteniendo su chaqueta en la mano, preparado para salir.

—Pues invéntalo —respondió ella, cruzándose de brazos—. Consigue un chef que me lo haga, ¿no?

Él parpadeó pensativo y negó.

—¡Al diablo, soy millonario, compraré una panadería! Así podrás antojarte de lo que quieras.

Pero al final terminó yéndose a cuatro tiendas distintas hasta encontrar algo remotamente parecido a lo que ella había descrito… y cuando volvió, Chelsea ya estaba felizmente dormida sin acordarse del pan raro.

—Perfecto —murmuró él, dejando las bolsas en la mesa—. Me dejaste correr por media ciudad para absolutamente nada. ¡Si es que por eso te amo!

Luego vinieron las cosas graciosas del embarazo, cuando ella empezó a caminar raro hacia el séptimo mes. No coja, no dolorida… raro. Como si fuera un pingüino enojado. A Carter ni se le ocurría burlarse de ella, y cuando alguien lo señalaba él salía con su defensa favorita.

—No me burles —le decía a Henry con tono de reproche—. ¡Esa mujer está cargando a nuestro bebé y cocinándolo por nueve meses!

—Pues ese es su cincuenta por ciento —respondía Henry, divertido.

—Y el mío fueron diez minutos y cuarenta y siete segundos —replicaba Carter—. ¡Así que no te metas con mi prometida!

Pero sin dudas, probablemente el momento más divertido fue cuando Carter sintió por primera vez al bebé patear. Estaban recostados en el sofá, viendo una película, y Chelsea le puso la mano sobre la panza.

—Siente —dijo.

Carter puso la mano, muy seguro de sí mismo… hasta que el bebé pateó con fuerza.

—¡Dios! ¡Eso fue una patada real! —exclamó, saltando ligeramente.

—¿Qué esperabas? ¿Un hola cordial? —respondió Chelsea.

—No sé… pensé que sería más suave. Como un golpecito. No una agresión deliberada… ¡Será boxeador!

—O boxeadora —dijo ella.

Carter quedó callado y luego sonrió con una ternura enorme.

—Sería genial si fuera niña.

Él corrió de nuevo, esta vez con éxito. Cuando finalmente salieron del cuarto, a Chelsea la sorprendió una contracción tan fuerte que tuvo que agarrarse de la pared.

—Dios… —jadeó—. Esto duele más de lo que pensé.

—Respira —dijo Carter, intentando sonar calmado mientras sudaba frío—. Ya casi llegamos al auto. Ya casi…

Pero otra contracción la detuvo y esta vez las piernas le temblaron.

—No… no voy a llegar al auto.

—¿Cómo que no? ¡Tienes que llegar! —exclamó él con los ojos muy abiertos y Chelsea lo sujetó por el suéter, acercándolo a ella con un movimiento brusco pero seguro.

—¡Carter, no me digas cómo parir! ¡Si te digo que el bebé ya viene es porque ya viene!

—¡Voy a llamar a una ambulancia! —se apresuró él y Chelsea se sentó en el sofá, riendo.

—Llama a quien quieras. Pero ni siquiera la ambulancia va a llegar a tiempo —suspiró mientras el sudor le perlaba la frente—. Este bebé va a salir ya, así que prepárate para recibirlo.

—¿Eh? ¿Aquí? ¿¡En la sala!?

—No es como si tuviéramos muchas opciones —replicó ella, con una mezcla de dolor y paciencia—. ¡Haz algo! ¡Y si no puedes, llama al vecino de enfrente para que se encargue de mí!

—¡Claro que no voy a llamar al señor Musculitos!

—Tú tienes más musculitos, ¡y él es bombero! —gritó Chelsea con una nueva contracción, pero para ese momento ya el orgullo de macho alfa había asaltado a aquel cavernícola montañés que se subía las mangas.

—Ok. No te preocupes. ¡Yo puedo hacerlo!

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