MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 83. Dímelo
—Mucho… importa mucho —dijo ella mientras el aliento se escapaba entre sus labios sin que pudiera evitarlo—. Porque tú y yo no somos un error.
Camilo sintió que dejaba de respirar mientras sus ojos recorrían el cuerpo de Seija con una lentitud deliberada, deteniéndose en el modo en que el vestido oscuro se ceñía a sus caderas, en la manera en que la tela se pegaba a su vientre cada vez que respiraba.
Más de un año sin tocarla, y aún conocía cada curva, cada lunar, cada cicatriz.
—No… no lo somos —murmuró mientras tiraba de su cuerpo haca él y escuchaba el leve jadeo que se escapaba de su boca, ese sonido mínimo que lo enloquecía porque sabía lo que significaba: que aún lo deseaba, que aún respondía a él como una cuerda de violín afinada solo para sus dedos—. No he dejado de pensar en esto —confesó, y su aliento caliente rozó el lóbulo de su oreja cuando la pegó completamente a él—. En cómo sería saborearte de nuevo. En cómo gemirías cuando por fin te volviera a tocar. En cómo sería… amarte de nuevo.
Seija tragó saliva mientras sus labios casi se rozaban, dándose cuenta perfectamente de que no había dicho “follar”. Porque “amarla” implicaba muchas cosas. Demasiadas, de las que hasta ese momento no habían hablado.
Entre ellos siempre había sido una batalla, un empuje y un tirón, un desafío contante, pero ahora…
—Entonces hazlo —susurró Seija con la voz temblorosa—. Quiero ver si todavía puedes lograr todo eso.
Y no hizo falta más. Camilo la tomó de la cintura y la levantó como si no pesara nada, sentándola sobre el brazo del sofá de cuero negro que ocupaba el centro del salón. ¿Qué le dolían hasta las malas intenciones? ¡Por supuesto! pero en ese momento no le importaba en absoluto.
Seija jadeó cuando su espalda chocó contra el respaldo, pero no protestó, solo lo observó con esos ojos oscuros que brillaban con una mezcla de desafío y necesidad. Las manos de Camilo fueron directo a la línea de su pecho, desabrochando los botones con un movimiento rápido, arrastrando el vestido hacia abajo con un sonido que se escuchó como una promesa.
El de Seija: cálido y dulce con un matiz de violetas, lo golpeó como un puñetazo en el estómago cuando la tela cedió y quedó expuesta ante él, con el encaje negro de sus bragas, ya húmedo, rozando todo lo que se podía rozar sin estallar todavía.
—¡Demonios…! —maldijo entre dientes, y sus dedos temblaron cuando rozaron el borde del encaje—. Estás empapada.



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