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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 73

MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 73. Un veredicto irrevocable

Relatar de nuevo todo lo que había sucedido, era como pedirle que reviviera el mareo insoportable que había sentido, la falta de aire, el dolor punzante como si algo le quemara por dentro y la desesperación, esa desesperación infinita de sentir que moriría en un lugar hostil donde nadie la escuchaba ni se preocupaba por ella.

Camilo sintió como una cuchillada cada una de sus palabras, y cuando terminó de hablar, la sala permaneció en silencio.

—¿Y qué interpreta usted del intento de apelación? —continuó el fiscal y Seija sostuvo la mirada del tribunal, ignorando a Brenda.

—Que el hecho de intentar impugnar el juicio solo significa que todavía no puede reconocer el error que cometió, y que no existe ningún arrepentimiento real de su parte.

Brenda la observaba con una furia que ni se molestaba en disimular, pero nada mejoró para ella, porque más tarde, cuando el fiscal volvió a interrogar a Camilo, la tensión volvió a elevarse.

—¿Considera usted que el carácter de su madre ha cambiado? —preguntó y este respondió sin vacilar.

—No. Para nada.

—¿Cree que sería capaz de volver a lastimar a otra persona si la dejaran salir?

—Sí, estoy convencido de que lo haría.

Un silencio pesado cayó sobre la sala y después de otras dos horas en las que Sara y el fiscal se complementaron para desmontar cada argumento, el juez ordenó un receso para deliberar.

Por un instante sus miradas se cruzaron y lo mismo Camilo que Seija contuvieron el aliento como si la salud mental del resto de sus vidas dependiera de la decisión del juez. Y a su alrededor, todos se pusieron de pie mientras se leía la resolución.

—Este tribunal determina que la señora Brenda Marshant deberá cumplir el resto de la condena impuesta originalmente, y que bajo ningún motivo se le permitirá volver a apelar esta causa, considerando evidente que no hay aporte de evidencia nueva que justifique continuar haciendo juicios. Por lo mismo, no continuaremos que siga gastando recursos del Estado de manera injustificada.

—¡No puede hacer eso! —gritó Brenda fuera de sí, levantándose abruptamente.

—¡Orden! ¡Orden en la sala! —advirtió el juez.

Pero ella ya no escuchaba; y solo se giró hacia Seija con el rostro desencajado.

—¡Todo es culpa tuya! ¡Si mi matrimonio terminó y mis hijos me abandonaron fue por tu culpa, maldit@ zorra!

Seija no respondió, y Camilo hizo un movimiento instintivo hacia ella, como si quisiera protegerla, pero lo mismo que lo hizo avanzar también lo hizo detenerse, como si también entendiera que ya era demasiado tarde.

A su alrededor la gente empezó a escapar, pero dentro del juzgado, Camilo sintió el corazón en la boca antes incluso de entender qué estaba pasando, como si el instinto hubiera reaccionado antes que la razón y le hubiera advertido que algo estaba terriblemente mal.

El primer disparo que escuchó pareció romper el aire frente al juzgado, y rebotó contra las paredes de concreto… y durante un segundo nadie supo si correr hacia afuera o hacia adentro, si tirarse al suelo o buscar refugio detrás de las columnas.

El desconcierto fue absoluto, pero él no lo pensó; simplemente salió disparado hacia la explanada, empujando puertas, esquivando cuerpos, oyendo gritos que se superponían unos con otros mientras la gente, pálida y desorientada, corría en sentido contrario intentando refugiarse dentro del edificio. Había llantos, órdenes contradictorias, pasos apresurados que golpeaban el mármol con eco frenético.

—¿Qué pasó? —gritó, tratando de detener a alguien que huía con la mirada desencajada—. ¡¿Qué pasó?!

Una mujer lloraba mientras era arrastrada hacia la entrada, y apenas logró articular palabras entre sollozos.

—¡Una… presa intentó escaparse! —respondió alguien entre el caos—. ¡Disparó contra los alguaciles!

La sospecha cayó como un martillo en la conciencia de Camilo, y en ese instante supo que aquello no podía significar otra cosa. Corrió hacia el estacionamiento, donde el ruido y los gritos eran más intensos, donde el eco de otro disparo todavía parecía vibrar en el aire…. Y allí las vio.

Brenda estaba de pie, con una pistola en la mano, el cabello desordenado pegado a la frente por el sudor y los ojos desorbitados por una mezcla de furia y desesperación. Un guardia yacía en el suelo, herido, con la camisa manchada de rojo mientras intentaba moverse sin lograrlo, y a sus pies, completamente aturdida y sangrando… estaba Seija.

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