Sofía abrazó con delicadeza el cuerpecito frágil de Bea. Incluso la mirada de la niña comenzaba a perderse y su pequeño cuerpo, encogido en los brazos de Sofía, no dejaba de temblar.
Isidora, por su parte, puso cara de sorpresa y fingida tristeza.
—Hermana, lo de ayer me dejó muy mal. Me sentí culpable todo el tiempo. Además, como ya aclaraste lo que pasó y todo se resolvió, vine a disculparme y de paso celebrar contigo. No pensé que no estuvieras. Vi a Bea sola en el cuarto, toda apagadita, así que pensé en hacerle compañía y jugar un rato con ella…
Sofía se levantó abrazando a Bea, viendo el rostro pálido de la niña, y sintió que el corazón se le apretaba en el pecho.
—¿Y jugar para ti es dejarla tan débil que ni puede moverse? —le soltó a Isidora, con la voz cargada de furia.
—Yo no sabía que…
—¡Pum!—
El golpe resonó en la sala. Isidora abrió los ojos de par en par, la cara le ardía.
Se cubrió la mejilla, la voz se le volvió chillona.
—¿Me pegaste?
Sofía ni siquiera se dignó a mirarla; abrazando a Bea, sacó el celular y marcó de inmediato el número de emergencias.
—Hola, ¿es el 112?... —Su voz temblaba de urgencia.
Al escuchar que la ambulancia venía en camino, por fin pudo apartar la atención de su hija.
Si antes Sofía parecía una joya de apariencia indescifrable, ahora era como una sombra salida del infierno, la furia impregnándole cada centímetro de la piel.
—Isidora, te lo advertí mil veces: ¡no tienes permitido entrar a Villas del Monte Verde sin avisar! Ayer porque estaba Santiago, y hoy llegas tú sola… ¿Quién te dejó pasar?
Su grito retumbó en la casa. El cabello se le pegó a la frente, y sus gestos se desfiguraron en una mezcla de desesperación y locura.
Isidora sintió la garganta cerrarse, como si la apretaran con una mano invisible.
Llevaba años peleando con Sofía, pero jamás la había visto tan desbordada y aterradora.
Sin darle tiempo a responder, Sofía clavó la mirada en la empleada doméstica.
—¿Así cuidas a Bea? ¿Dices que cuando Isidora entró, Bea estaba sola en la cama? ¿Y tú? ¿Dónde estabas?
La empleada, con voz temblorosa y la mirada en el suelo, intentó justificarse.
—Yo solo soy la trabajadora que contrató el presidente Cárdenas… no puedo estar vigilando todo el día…
—¡Pum!—
Otro bofetón seco rompió el aire. La cara de la empleada se giró de golpe.
Sofía, con una mano meciendo a Bea, dejó la otra aún levantada, temblando de rabia.
—Si a Bea le pasa algo, voy a llevarte a juicio y haré lo que sea para que pagues por esto.
Las palabras cayeron como una sentencia. La empleada por fin entró en pánico, moviéndose torpemente, buscando ayuda con la mirada en Isidora, pero esta solo la fulminó con los ojos.


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