Alfonso se enderezó al instante, obediente, y apresuró el paso para alcanzar a Sofía.
Cuando ambos llegaron a la mesa, Teresa se adelantó con prisa y le jaló la silla a Sofía, atenta y servicial.
—Teresa, mejor lleva a Bea a la cuna para que descanse un rato. Ven tú a comer —indicó Sofía en cuanto se sentó.
Teresa soltó a la bebé y regresó a la mesa con las manos libres, luciendo relajada.
Alfonso, muy distinto a como se había mostrado antes, ahora parecía de lo más correcto y formal. Se esmeró en servirle comida a Sofía, colocando un trozo de pescado tierno en su plato.
—Pruébalo, esto lo aprendí con un chef de cinco estrellas —presumió, casi inflando el pecho de orgullo.
El pescado, cubierto con un poco de salsa, desprendía un aroma que abría el apetito de cualquiera.
Sofía no pudo evitar torcer la boca, entre asombro y resignación.
Levantó la mirada y, como lo sospechaba, Teresa los observaba con una expresión de puro chisme, atenta a cada movimiento.
En cuanto Teresa notó la mirada de Sofía, parpadeó rápido y fingió que le interesaba otra cosa.
—Ay, a ver, yo voy a probar este platillo —dijo, desviando la atención.
Sofía solo se quedó callada, sin ánimo de discutir.
Aun así, terminó comiéndose el pedazo de pescado que Alfonso le había dado. Pero cuando vio que él seguía con la intención de ponerle más comida, se apuró a detenerlo.
—Ya, tú también come.
Apenas dijo esto, la mano de Alfonso se quedó congelada en el aire. La miró con una mezcla de decepción y súplica, y luego, derrotado, retiró la mano.
—Ah… está bien…
Sofía arqueó una ceja, un poco desconcertada.
¿Y ahora? Con esa actitud parecía que ella lo estaba maltratando.
Le lanzó una mirada fulminante a Alfonso. No esperaba que él reaccionara encogiéndose aún más, casi como si quisiera desaparecer de la vergüenza.
La escena le resultaba tan extraña y fuera de lugar que le daban ganas de taparse los ojos.
—Ándale, come.
Sonreía de oreja a oreja, pero la chispa en su mirada era puro reto.
Alfonso se quedó pasmado, con la duda pintada en el rostro. Al ver el chile en su plato, no pudo evitar tragar saliva.
Él no era alguien que comiera sin sabor, pero no soportaba el picante.
Sofía, al ver que no tomaba los cubiertos, ladeó la cabeza y, con una sonrisa apenas perceptible, soltó:
—¿Qué pasa, señor Castillo? ¿No quiere perdonarme y por eso no acepta lo que le ofrezco?
Alfonso comprendió en ese momento que se había metido en un lío por su propia cuenta.
Sin opción, sonrió forzado, tomó el chile y lo revolvió con el arroz antes de llevárselo a la boca de un bocado.
—¿Cómo crees? Ni lo tengo en cuenta, para nada —dijo, tragando el bocado como si se tragara su orgullo.

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