Rafael se quedó en shock, mirando incrédulo su propio brazo, justo donde el policía lo había empujado.
—¿Sabes quién soy yo?
La furia ya empezaba a brotar en sus ojos.
¡Era solo un simple policía de Olivetto, y se atrevía a ponerle una mano encima!
El pecho de Rafael subía y bajaba, y miraba al oficial como si quisiera incendiarlo.
Pero, para su sorpresa, el policía, que se veía joven, tenía bastantes agallas; ignoró por completo su mirada asesina.
—Mientras no reciba órdenes, si usted intenta salir de la celda, se considerará intento de fuga y aumentará la sanción.
El joven oficial mantuvo el rostro tenso, con actitud de puro trámite.
¡Qué terco!
Rafael lo fulminó con la mirada, pero el otro actuaba como si él no existiera.
La solicitud de fianza se entregó en la mañana; a estas horas ya debería poder irse, pero si no había noticias, ¡seguro alguien había movido los hilos!
Rafael no tardó en darse cuenta. Respiraba agitado del coraje, pero al no tener dónde desquitarse, solo podía clavarle la vista al inocente policía.
—Señor Garza, agredir a un oficial también aumenta la sanción.
El joven policía finalmente encaró la mirada feroz de Rafael y soltó esa frase con una calma que mataría a cualquiera de rabia.
Rafael no supo si fue su imaginación o si fue real, pero le pareció ver que el oficial curvaba ligeramente la comisura de los labios.
Sintió que la sangre se le subía a la cabeza; estaba a punto de desmayarse.
—¿Quién es su jefe? ¡Quiero hablar con su jefe!
Golpeó la puerta con frustración, provocando un estruendo metálico.
En los ojos del policía por fin hubo una reacción, pero fue de lástima por la puerta.
Se puso serio y su expresión se volvió aún más estricta:



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