El tono airado de Leonor se escuchó por toda la sala.
Oliver de inmediato cubrió el micrófono de su celular, echó un vistazo nervioso a su alrededor y, solo al asegurarse de que nadie lo observaba, bajó la voz para responder:
—¿Crees que yo quiero quedarme aquí? Últimamente han pasado muchas cosas… Tampoco me encanta estar en la casa de los Rojas, pero ahora que la familia Santana vino en persona, por lo menos tengo que aparentar que estoy haciendo algo. Ni modo, me toca.
Su tono parecía resignado, como si quedarse ahí fuera una verdadera tortura.
Leonor, al escuchar la explicación, se calmó un poco y volvió a mostrar una expresión más amigable.
Sin pensarlo mucho, dejó caer el hueso de la fruta que estaba comiendo al suelo.
Fabiola, que acababa de terminar de limpiar esa parte, se quedó pasmada.
—¿Qué miras? ¡Recógelo! —le aventó Leonor una mirada dura y volvió a cruzar las piernas, platicando con Oliver con total tranquilidad.
Fabiola bajó la cabeza, dejando que su flequillo espeso le cubriera casi toda la cara. Solo sus dedos, que apretaban con fuerza el palo del trapeador, delataban lo tensa que estaba.
Sin decir una palabra, Fabiola limpió de nuevo esa zona.
Leonor observó cómo Fabiola trabajaba sin quejarse y soltó una sonrisa despectiva. Luego, volvió a hablarle a Oliver con una vocecita melosa:
—¿Y tú para cuándo regresas? El niño y yo te extrañamos, ¿sabes?
Mientras decía esto, acariciaba su vientre, cada movimiento suyo rebosando coquetería.
—Además, ya tengo más tiempo de embarazo. No puedo quedarme siempre aquí esperando a que el doctor venga a hacerme los chequeos más básicos, ¿no crees?
Leonor frunció los labios en señal de fastidio.
Oliver entendió la indirecta y arrugó el ceño.
El silencio al otro lado de la línea empezó a poner de mal humor a Leonor:
—¿Por qué no dices nada? ¿No fue por Sofía que mandaste a Isi a hablar con los medios? Si ya nadie va a estar encima de nosotros por un tiempo, ¿por qué insistes en que me quede encerrada en el departamento? ¿No te preocupa que me enferme?
Soltó un suspiro caprichoso.
A Oliver ya le palpitaba la cabeza. Se frotó las sienes y contestó:
—Leonor, no es tan sencillo. No solo tenemos encima a los medios. Hay otras personas de las que sí nos tenemos que cuidar.
—¡Eso no me importa! Ya pasó mucho tiempo desde todo eso. Hasta organizaste mi funeral, ¿a quién hay que seguir temiendo?

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