Con la autorización de Rafael, Isidora y Oliver no tardaron en llegar a la cafetería en el último piso. Rafael ya los esperaba, con el rostro tenso y la mirada perdida, golpeando distraído la taza de café con sus dedos.
—Presidente Garza.
Isidora se adelantó con paso firme, saludó de manera formal y, tras el visto bueno de Rafael, se sentó junto a Oliver.
Rafael apenas levantó la mirada.
—Díganme, no tengo mucho tiempo.
—¿Conoce a la familia Santana?
Isidora fue directo al grano, sin rodeos.
Ante la pregunta, Rafael frunció el ceño.
—¿Y qué tiene que ver la familia Santana en todo esto?
Isidora no dudó en responder. En pocas palabras, le explicó la relación entre la familia Santana y Sofía, y también le mencionó la reciente llegada de los Santana a Olivetto.
—¿Estás diciendo que... Sofía podría convertirse en la próxima líder de la familia Santana?
Rafael por fin mostró una reacción genuina. Esa expresión siempre tan difícil de descifrar se iluminó con sorpresa y desconcierto.
—Así es. Además, la familia Santana sigue en Olivetto. Cuando regresen a Santa Fe, seguro se llevan a Sofía con ellos.
Isidora apretó los labios, conteniendo la inquietud.
Rafael sujetó la taza con fuerza. Sus nudillos se pusieron blancos mientras su mirada se tornaba oscura.
La familia Santana... esa sola mención lo sacudía por dentro.
Él sabía perfectamente lo que significaba ese apellido. No solo en Santa Fe, sino en toda Nueva Castilla, era uno de los clanes más poderosos.
¿Sofía, heredera de la familia Santana? Aquello era, sin duda, una noticia monumental para él.
—¿Por qué me cuentan esto? ¿O acaso esperan intercambiar esta información por algo?
Rafael entrecerró los ojos y los miró con intensidad.
Tratar con gente lista siempre era más sencillo.
Isidora y Oliver intercambiaron una mirada. Luego, Oliver le explicó la situación de Lázaro, tal y como habían planeado de antemano.
Rafael volvió a fruncir el ceño.
—¿Quieren que les ayude a encontrarlo?
Se recargó en la silla, con una expresión entre burlona y desinteresada, paseando la vista por ambos.
—¿Y yo qué gano? Dicen que Sofía podría heredar la familia Santana... y aunque lo haga, ¿qué? ¿Eso qué tiene que ver conmigo?
Isidora negó suavemente.
—Sí tiene que ver con usted.
Oliver, inquieto, apretaba los dedos. Se armó de valor y soltó el argumento que habían preparado.
—Si no les parece, entonces aquí terminamos la plática.
Rafael empujó la silla hacia atrás y se puso de pie, murmurando con voz sombría:
—Si Lázaro llega a declarar que lo tuviste retenido ilegalmente, aunque Sofía herede la familia Santana, tendrás que esperar a salir de la cárcel para disfrutar tu parte. Eso, si es que para entonces sigues vivo.
Las palabras de Rafael cayeron como una maldición. Oliver se quedó helado, con el rostro desencajado. Cuando Rafael apenas había dado un paso para marcharse, Oliver, fastidiado, dio un golpe seco en la mesa.
—¡Está bien!
Rafael se detuvo. Sin mirar atrás, soltó:
—Les aviso cuando tenga noticias.
Y se alejó, su figura alta y sombría desapareciendo entre la multitud. Oliver, con el coraje atorado en la garganta, seguía sentado, furioso.
—¡Setenta por ciento! ¡Qué descarado!
No pudo evitar lanzar la taza de café sobre la mesa, atrayendo las miradas curiosas de los presentes.
Isidora, avergonzada, se apresuró a calmarlo y lo sacó del lugar.
—Papá, la familia Santana tiene una fortuna tan grande, y han pasado por tantas generaciones, que sus riquezas no las podríamos imaginar ni en sueños. Incluso si nos quedamos solo con el treinta por ciento, seguiría siendo un monto que cualquier persona común jamás podría obtener en varias vidas. Además... ¿de verdad le daremos a Rafael ese setenta por ciento? Cuando tengamos el control total de la familia Santana, ¿qué va a poder hacer él?
Las palabras tranquilizaron a Oliver, que poco a poco se relajó.
Claro, cuando ellos tuvieran en sus manos la familia Santana, ¿quién se iba a acordar de Rafael?

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