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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 928

Isidora Rojas guardó silencio por unos segundos.

—No.

—Papá, lo estás olvidando. Lázaro Blanco sigue en manos de Sofía. ¿Y si de repente decide que ya no quiere seguir jugando a la hija amorosa?

Isidora se mordió el labio, sonando ansiosa.

Esas palabras fueron como un balde de agua fría para Oliver Rojas, trayendo de vuelta la nube gris sobre su cabeza.

Apretó los labios.

—Yo supongo... que no hará eso.

¿No acababa de invitarlos a vivir a Santa Fe?

—Já.

Isidora soltó una carcajada irónica, mirándolo como si no pudiera creer cuánta ingenuidad cabía en su cabeza.

La mirada de su hija incomodó a Oliver. Golpeó el escritorio con fuerza y levantó la voz:

—¿Por qué me miras así? ¡Dilo de una vez!

Sonaba furioso, pero en realidad su corazón latía desbocado de miedo.

—Si ella no tuviera intenciones ocultas, ¿por qué se tomó la molestia de arrebatarle a Lázaro de las manos a Rafael Garza? Fuera de eso, ¿de qué otra manera le serviría Lázaro?

El tono burlón de Isidora dejó a Oliver sin palabras.

Frunció el ceño y se quedó callado por un largo rato, apretando las manos antes de finalmente soltar un suspiro de derrota.

—Déjame pensarlo.

Al verlo tan atormentado y frustrado, Isidora no presionó más y salió silenciosamente del estudio.

Al cerrar la puerta, no se movió de inmediato. Se quedó parada, mirando la madera fijamente, como si pudiera ver a Oliver a través de ella.

Entrecerró los ojos, perdida en sus pensamientos.

No se demoró mucho ahí y fue directo a la cocina, donde encontró a una empleada terminando de recoger.

—¿Dónde están las pastillas que le recetó el doctor a mi mamá?

Isidora revisó el refrigerador sin éxito.

La empleada se secó las manos y bajó un frasco desde la parte alta de la alacena.

—Las etiquetas están en inglés, temía que alguien las confundiera o se perdieran, así que las guardé aquí arriba.

Isidora asintió y tomó el frasco, destapándolo para echar un vistazo.

—¿Tienes tiempo ahora? Intenta convertir estas pastillas en polvo para la señora. Su garganta está muy sensible y está muy débil. Estas pastillas son demasiado grandes.

Isidora estaba a punto de entregarle el frasco cuando notó que el fregadero todavía estaba lleno de platos sucios y retiró la mano.

—No te preocupes, sigue con lo tuyo. Yo me encargo.

La empleada le sonrió, agradecida.

—La señorita siempre es tan detallista con su madre.

Isidora esbozó una sonrisa cortés y se dio la vuelta; la sonrisa desapareció de su rostro al instante.

Se encerró en una habitación y manipuló el frasco durante un buen rato antes de salir.

Al terminar, el frasco que antes estaba lleno hasta el borde, ahora solo contenía polvo hasta la mitad.

Isidora le pegó una nueva etiqueta y lo metió en el refrigerador.

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