¿Cómo se atrevía gente tan vil a mencionar a su Bea?
Sofía sonrió, pero sus ojos estaban llenos de hielo.
—No es necesario. Teresa Bernal cuidará de Bea.
Sus constantes rechazos incomodaron a Oliver e Isidora, sobre todo con la presencia del doctor.
—Si quieren que le haga compañía, está bien.
Sofía levantó la barbilla de repente, pareciendo ceder.
A ambos se les iluminaron los ojos.
Isidora no pudo ocultar su alegría.
—Hermana, las empleadas limpian tu habitación todos los días. Si quieres, puedo acompañarte a buscar tus cosas y te mudas de inmediato.
Entusiasmada, estaba a punto de llamar al chofer. Sofía la observó llegar a la puerta y dijo con calma:
—No. No me quedaré a dormir, pero vendré tres horas después de la cena.
Isidora regresó a su asiento, algo decepcionada.
Oliver ya se había preparado mentalmente para un rechazo rotundo, así que esta respuesta intermedia lo hizo sentir bastante aliviado.
—Me parece perfecto. A tu madre le hará muy feliz saber que le estás dando otra oportunidad, aunque solo sean unas pocas horas.
Se frotó las manos, sonriendo hasta achinar los ojos.
El doctor, percibiendo la tensión en el aire, se limitó a colocar un par de frascos de medicinas sobre la mesa.
—Tres veces al día, una pastilla a la vez. Pídanle a alguien que lleve a la señora a su cama para que descanse. Cuando despierte, denle la primera dosis.
Dio sus instrucciones y se dispuso a marcharse.
Las empleadas no tardaron en llevar a Ivana a su habitación.
Sofía tomó su bolso, lista para irse.
—Empiezo mañana.
—¡Claro! Le pediré a la cocina que prepare tus platos favoritos —respondió Oliver con una gran sonrisa.
Sofía caminó hasta la salida sin mirar atrás.
Una vez que desapareció por completo, la sonrisa de Oliver se esfumó. Isidora rompió el silencio.
—Papá, viendo tu actitud, supongo que ya lo pensaste bien. De lo contrario, no me habrías seguido la corriente para intentar que Sofía se quedara en casa.
Levantó la vista, mirando fijamente a Oliver.
El rostro del hombre se ensombreció, adquiriendo una expresión de gravedad.
Se frotó las sienes, frustrado.
—De todas formas, aceptó venir a casa seguido. No hay prisa, necesito pensarlo un poco más.
Isidora frunció el ceño, pero no dijo nada.
—¡Señor Rojas! La señora ha despertado.
El grito de la empleada resonó por toda la casa.
Oliver e Isidora caminaron rápidamente hacia la habitación.
Ivana, aún pálida, estaba recostada contra las almohadas, respirando con dificultad.
Oliver se acercó lentamente a la cama.

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