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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 638

La abuela resopló, paseando la mirada sobre su nieto, ese que siempre había estado tan orgulloso de sí mismo. Ahora, nada de él le parecía bien.

—Ni siquiera pudiste retener a tu esposa, y eso que ya tienen una hija juntos.

Santiago no pudo evitar fruncir la boca, incómodo.

—Eso... ¿no crees que está mal?

La abuela no esperaba que Santiago saliera con semejante respuesta. De inmediato, lo fulminó con la mirada, se puso las manos en la cintura y soltó:

—¿Mal? Santiago, fuiste tú quien perdió a tu esposa. Yo solo quiero ayudarte a recuperarla, ¿y te parece mal? El día que te quedes sin esposa ni hija, a ver si sigues pensando que está bien.

El regaño retumbó en el aire. Santiago, encogido, se pegó más al sillón, pero no pudo evitar reflexionar sobre lo que su abuela acababa de decir.

Si perdía a Sofía y a Bea... su vida de ahí en adelante no tendría sentido.

—Tienes razón. Lo haré.

Santiago contestó con seriedad, sin titubear.

La abuela, por fin satisfecha, le lanzó una mirada de aprobación, como si por fin su nieto hubiera aprendido algo.

—Perfecto, ahora ve y pon a alguien a organizarlo todo.

...

Sofía no tenía idea de los planes que Santiago y la abuela estaban tramando. Mientras tanto, pensaba en ir a visitar a la abuela, pero no quería llegar con las manos vacías. Así que, con Bea en brazos, se fue al centro comercial para buscar algunos regalos.

La verdad, después de tanto ajetreo, era raro tener tanto tiempo libre para estar con Bea, y Sofía atesoraba cada segundo.

—Hola...

—Hola, me lo envuelves, por favor.

Sofía apenas había visto una pulsera con piedras del sur, cuando de repente, una voz chillona y segura se escuchó a sus espaldas, interrumpiéndola a mitad de frase.

Al voltear, se topó con una chica que, por el porte, claramente venía de familia acomodada. Tenía la cabeza en alto y una actitud bastante altanera.

Sofía, incómoda, bajó la mirada y volvió a fijarse en los otros accesorios. Desde que tuvo a su hija, sentía que todo a su alrededor le daba igual; ya no le interesaba competir con nadie.

Mientras lo pensaba, eligió una pulsera de cuentas verdes, la más bonita de la vitrina.

—Hola, esta de aquí...

—Esa también la quiero. Envuelvela para mí.

Ahora sí, Sofía frunció el ceño. Pudo notar la hostilidad en la voz de la chica.

Al girarse, la vio sonriéndole con arrogancia, los ojos llenos de desafío.

Sofía no entendía nada.

No recordaba haber visto antes a esa muchacha, y no había razón para que una extraña le tuviera tanta tirria. ¿Por qué la atacaba así?

Decidió hacer caso a su instinto: mejor no buscar problemas. Se fue a otro mostrador, con la esperanza de que la dejaran tranquila.

Sin embargo, apenas dio unos pasos, escuchó de nuevo el taconeo de la otra chica pegada a sus talones.

El guardia, visiblemente apenado, le dijo:

—Señorita, el presupuesto que le dio su papá ya casi se le acaba. Este collar es demasiado costoso...

La cara de la chica se puso roja de coraje.

Le lanzó una mirada asesina al guardia.

—¿Desea que se lo envuelva?

La vendedora, nerviosa, se apresuró a preguntarle, temiendo que se arrepintiera.

La chica se quedó callada, furiosa, y de repente, se cruzó de brazos.

—¡Está horrible! ¿Cuándo dije que lo quería? Yo no tengo ese pésimo gusto como otras personas.

La vendedora, que tenía la esperanza de por fin hacer una buena venta, se quedó desconcertada.

La chica había comprado varias piezas carísimas, lo que para las vendedoras significaba la comisión de varios meses de trabajo. Pero ahora, justo cuando le tocaba a la encargada del collar de perlas, la suerte le dio la espalda.

Se mordió el labio, resignada, y miró a Sofía, esperando que ella sí quisiera comprarlo.

Sofía, al darse cuenta, sonrió con tranquilidad.

—La verdad, tiene razón. Nada de esto me convence. Pensaba darme el tiempo de ver bien, pero no me han dejado ni mirar. Agradezco a la señorita por el consejo.

Sofía sonrió, sin perder la calma.

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