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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 642

Él frotó la yema de sus dedos, volvió al carro y estuvo a punto de marcharse, pero tras pensarlo un momento, decidió entrar a Villas del Monte Verde para ver a Bea.

...

En ese momento, en la mansión Cárdenas.

Nieve Urdiales llegó sentada en un larguísimo carro rosa cubierto de cristales, bastante llamativo, que había sido modificado a su gusto. No podía evitar atraer todas las miradas cuando entraba a la zona residencial.

La abuela Castillo estaba sentada en el jardín interior de la mansión, tomando jugo tranquilamente cuando vio que Nieve bajaba del carro.

—¡Abuelita Castillo! —gritó Nieve con voz melodiosa.

Nieve echó un vistazo fugaz y desdeñoso a las empleadas paradas en la entrada, como si fueran invisibles. Pero en cuanto vio a la abuela, su actitud cambió de inmediato: se volvió dulce y encantadora, corriendo hacia ella para lanzarse en sus brazos.

La abuela sonrió con cariño, sus ojos llenos de ternura. Alzó la mano y, de manera amable, acarició el cabello de Nieve.

—Nieve, ¿no me digas que otra vez saliste de casa sin avisarles a tus papás?

Aunque la frase era una pregunta, en la mirada de la abuela ya se adivinaba que conocía la respuesta.

Nieve sacó la lengua, acurrucándose aún más en los brazos de la abuela, y se quejó con voz mimada:

—Abuelita Castillo... ¡Si ya lo sabes, no me regañes!

La abuela solo sonrió sin decir nada más, hasta que notó una presencia intensa detrás de ella.

Giró apenas la cabeza y, como lo sospechaba, vio a Santiago de pie; parecía una estatua de hielo, inmóvil y serio.

Nieve también levantó la mirada, y al ver ese rostro tan atractivo, se puso nerviosa de inmediato; las mejillas se le tiñeron del color de las bugambilias.

—Santi...

Susurró su nombre, y en un instante su comportamiento se volvió forzado y coqueto.

—Abuela, ella ya viene en camino.

Santiago habló sin siquiera mirar a Nieve, ni se inmutó ante su presencia.

La abuela, al escuchar esto, se enderezó con lentitud.

Solo Nieve tenía el gesto confundido.

—¿Tú eres Sofía?

Siguiendo la voz, Sofía la miró. Frente a ella estaba una anciana vestida con una túnica elegante, su cara redonda y suave, adornada con dos ojos tan oscuros y brillantes como perlas.

Ante la presencia de aquella mujer mayor, que probablemente había sido amiga de su abuela, Sofía se mostró respetuosa y tranquila; sonrió con dulzura y asintió.

—Matriarca, sí, soy yo.

La abuela la miró de arriba abajo, satisfecha con lo que veía.

Sofía tenía una belleza serena, como la luna en lo alto, y aunque parecía frágil, su postura era recta, como una orquídea que crece solitaria en un rincón del bosque.

La abuela recordaba que fue ella quien insistió en que Santiago y Sofía se casaran. Pero a los pocos días, Santiago la había llamado solo para reclamarle que le había “metido una muchacha problemática en la vida”.

¿Esta mujer de mirada tranquila era la misma de la que Santiago se quejaba tanto? No tenía nada que ver con la imagen que él le había pintado.

Sofía, al notar que la abuela no dejaba de mirarla, se sintió un poco incómoda y desvió la mirada, posándola en la figura delgada y vestida de blanco que estaba al lado de la anciana.

Era la misma mujer que durante el día le había hecho la vida imposible en el centro comercial, y ahora la miraba boquiabierta, como si hubiera visto un fantasma.

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