Al escuchar esas palabras, el hombre soltó una risa suave y hasta aplaudió, claramente complacido.
—Jajaja, tal como averigüé, señorita Sofía, usted sí que es lista.
—Así es —afirmó Sofía, sin perder la compostura.
El hombre dejó la caja de regalo con indiferencia sobre la mesita. Ese gesto, aunque simple, bastó para que Esther y Maite se pusieran en alerta de inmediato. Esther apretó los puños, ocultándolos bajo la manga, y su cuerpo entero parecía tensarse como si fuera una cuerda a punto de romperse.
—No hay motivo para que se pongan nerviosas. Vine hoy a nombre de mi hija Olivia para pedirle disculpas a la señorita Sofía —comentó Mauro Ardila, sonriendo con una expresión aparentemente sincera. Sin embargo, a los ojos de Sofía, esa sonrisa le recordaba a un depredador disfrazado de amigo.
—Si en verdad tiene buenas intenciones, señor Ardila, ¿no sería más apropiado que la señorita Olivia esperara en la comisaría a que se resuelva su asunto? —reviró Sofía.
La frase hizo que Mauro frunciera el ceño, sorprendido por la agudeza de la joven. No esperaba que esa chica fuera tan directa. Él, con todo su prestigio, había ido hasta el hospital en persona a ofrecer disculpas, y aun así se atrevía a responderle así.
Mauro entrecerró los ojos y la sonrisa se le desdibujó un poco, aunque intentó mantener un aire cordial.
—Mi hija cometió un error. Espero que puedan comprenderla. Es muy joven, y como familia, claro que no soporto verla pasar por momentos difíciles —dijo con tono afectuoso, tratando de despertar compasión y comprensión por su supuesto papel de padre preocupado.
La mirada de Sofía se volvió dura; las comisuras de sus labios se aplanaron y ya no quedaba rastro de amabilidad. Ahora le resultaba evidente: esa disculpa era solo fachada.
—Nosotras tenemos más o menos la misma edad que Olivia, pero jamás nos enseñaron a reaccionar con violencia solo porque no conseguimos lo que queremos —dijo Sofía, encontrando la mirada de Mauro.
—Según lo que investigué, señorita Sofía, usted sí que es interesante. Ahora que la conozco en persona, lo confirmo —declaró Mauro, y en su mirada se notaba una especie de admiración.
Se encogió de hombros, como si hablara con un conocido sobre los errores de su hija.
—Ay, mi hija es muy impulsiva. Además, la tuve ya grande y la he consentido demasiado. Por eso casi comete un grave error. Espero que no le guarde rencor, señorita Sofía.
Sofía mantuvo el ceño fruncido y no respondió, claramente esperando a que Mauro terminara de hablar.
Él hizo una pausa, pero al ver que Sofía no decía nada, continuó con su monólogo...

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