Sofía arrugó la frente mientras decía en voz baja:
—Santiago.
Antes de que pudiera rechazarlo, Santiago se giró en seco y la miró directo a los ojos, con una intensidad que no dejaba lugar a dudas.
—La presidenta Rojas es muy lista. El Grupo Rojas ya está al borde del colapso. Si el Grupo Cárdenas y los Ardila pueden echarle una mano, ¿por qué no dejar que la presidenta Rojas lo piense bien? Después de todo, el Grupo Cárdenas es la empresa número uno de Olivetto. Tener su apoyo siempre será mejor que depender de los Ardila, que apenas son conocidos en San Javier.
Santiago no se tomó ni un segundo para considerar la expresión incómoda de Mirella, que ya dejaba ver su molestia.
Mirella lo miró con una mezcla de sorpresa y fastidio. Santiago estaba desafiándola de frente, sin disimulo. ¿Pero por qué? Después de llevar al Grupo Cárdenas hasta donde está, debería saber con quién aliarse y a quién evitar como enemigo.
Sofía, por su parte, no apartó la mirada de los ojos oscuros de Santiago. Podía sentir lo que él buscaba decirle: “no rechaces en público”. Bajó un poco la vista, entendiendo que Santiago había venido a respaldarla en ese momento.
Pero... ¿por qué lo hacía?
...
Mientras tanto, en un restaurante de desayunos.
La anciana masticó con calma, terminando el pequeño pastelito frente a ella. Limpió la comisura de sus labios con un pañuelo blanco y se levantó.
—Ya comimos, vámonos a la empresa.
Isidora, al oírla, se apresuró a levantarse y la detuvo con una sonrisa nerviosa.
—Tía abuela, en este lugar tienen unas bebidas buenísimas. Acaba de terminar de comer, ¿por qué no se toma algo para bajarlo antes de irnos?
La anciana no se movió, en cambio, le sonrió a Isidora y la miró fijo, provocando que la joven se sintiera incómoda.
Isidora se tocó la mejilla, nerviosa.
—¿Por qué me mira tanto, tía abuela? ¿Tengo algo en la cara?
—¡Tía abuela! ¡Ya está!
Isidora volvió con la bebida, ignorando al mesero y sirviendo con todo cuidado a cada uno. Mantuvo la cabeza baja, ocultando sus ojos y la sombra de satisfacción oscura que cruzó por su mirada.
Sabía perfectamente lo que los Ardila harían a continuación. Si ahora Montserrat entraba, ¿cómo podría perderse la oportunidad de ver cómo Sofía era puesta en aprietos?
Su papá solo le había advertido que no arruinara la oportunidad de Sofía para heredar la familia Santana, pero nunca que no le pusiera obstáculos.
Mientras servía, Isidora calculaba en silencio: solo tenía que esperar a que los Ardila presionaran lo suficiente a Sofía y los medios se hicieran eco. Cuando los Santana finalmente intervinieran, ya sería demasiado tarde para ayudarla.
...
Oficina de la presidenta Rojas.
—El Grupo Rojas es mío. Se los puedo decir con toda claridad, tanto a los medios como a ustedes dos: aunque no sé aún con quién colaboraremos, sí sé perfectamente que no será ni con el Grupo Cárdenas ni con los Ardila.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera