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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 725

Sofía mantuvo la mirada, tranquila y directa, negando con la cabeza antes de esbozar una sonrisa.

—Señorita Olivia, tal vez debería darle un consejo.

—Evitar las cámaras no significa que en los carros de otros no haya grabaciones.

Sus palabras resolvieron de inmediato la duda de todos: de dónde había salido ese video.

La mirada de Mirella se volvió cortante, casi como si quisiera que sus ojos fueran cuchillas capaces de arrancar un pedazo de Sofía para descargar su rabia.

Ahora entendía. No era casualidad que Sofía hubiera estado tan serena desde el principio; ya tenía todo preparado, solo estaba esperando a que cayeran en la trampa.

Por eso se atrevió a rechazar abiertamente la propuesta de Santiago y a menospreciar la oferta de colaborar, porque llevaba cartas fuertes bajo la manga.

¡Qué mujer tan astuta! Era como el ojo de un huracán, quieta y serena mientras todo a su alrededor se desmoronaba.

—Mamá...

Todos los planes de Olivia parecían venirse abajo frente a Sofía, así que, llena de nerviosismo, apretó el brazo de Mirella una y otra vez, lo que solo consiguió ponerla de peor humor.

—Sofía, deberías saber el peso que puede tener la opinión pública sobre alguien.

Mirella perdió la paciencia y su voz resonó con fuerza, como si quisiera aplastarla con su presencia.

Sofía frunció el ceño. ¿Así que ya no iban a fingir más?

—¿Adivinas por qué los medios llegaron tan rápido a tu empresa?

Mirella se encogió de hombros, sonriendo con ironía; cada uno de sus gestos desprendía una energía intimidante.

—Porque tú los mandaste —replicó Sofía, sin perder la compostura.

—Exacto. Por eso, que te ofrezca una colaboración ya es mucho. Ahora solo te pido una cosa: aclara frente a los medios que lo de Olivia fue un accidente. Tú ganas el apoyo de los Ardila para que Grupo Rojas salga de este lío, y Olivia pronto estará fuera de Nueva Castilla. No te perjudica en nada, ¿qué pierdes?

—La verdad, sí le veo ventajas, pero traigo una espina clavada que no me deja en paz —contestó Sofía, sonriendo con inocencia, aunque quienes la conocían sabían que esa era su forma de burlarse.

—¡Vaya, y yo pensando que nadie podía hacer que Sofi se sintiera mal en Olivetto!

De pronto, una voz fuerte y envejecida se escuchó desde la entrada.

Alzó la vista y vio a Isidora en la puerta, bloqueada por Julia, sin poder entrar, mirando la escena desde lejos con una mezcla de rabia y envidia.

Isidora había estado sirviendo café, pero, de repente, la anciana le sujetó la mano y la presionó contra la cafetera caliente.

El dolor la obligó a retirar la mano de inmediato, aunque por suerte la anciana no la apretó con fuerza.

Al levantar la mirada, perpleja, la anciana le lanzó una advertencia:

—Isidora, yo no nací ayer, así que deja de jugar a las escondidas conmigo.

Luego le dirigió una mirada tan severa que a Isidora se le puso la piel de gallina.

Sin necesidad de decir más, Isidora sintió cómo se le encogía el corazón de la humillación. Se dio cuenta de que todos sabían sus intenciones y, aun así, la habían dejado actuar, solo para exponerla.

La rabia y la impotencia la invadieron, pero antes de que pudiera reaccionar, Julia la tomó del brazo y la obligó a levantarse.

El resto caminó hacia la sala de reuniones de Grupo Rojas, mientras Isidora sentía que el cuello se le apretaba con el jalón, como si le faltara el aire.

¿Por qué? Ella también era hija de Oliver, igual que Sofía, ¿por qué la diferencia era tan abismal?

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