—Abuelita, me voy a esforzar mucho, jamás la voy a decepcionar.
Sofía lo prometió con toda la seriedad del mundo.
Montserrat le sonrió, sus ojos se curvaron con dulzura.
—Sofi, al final la familia Santana quedará en tus manos. No deberías pensar solo en no decepcionarme a mí, sino en ser fiel a ti misma.
Al decir esto, alzó la mano y le dio un suave toque en el pecho, justo sobre el corazón.
Sofía se quedó un poco sorprendida, sintiendo el peso de la mirada de su abuelita.
—Todo lo que hagas, hazlo siguiendo lo que sientas aquí. Pero tampoco te dejes llevar solo por tus impulsos.
—Ese es mi consejo para ti, y también mi mayor esperanza.
...
Sofía salió del cuarto abrazando a Bea y todavía le daban vueltas en la cabeza las palabras de su abuelita. Bajó la mirada, y dejó escapar una ligera sonrisa. Cada paso que dio, lo sentía firme, sin dudar.
...
Olivetto.
Departamento de soltera.
Leonor se masajeaba la sien, el corazón le latía acelerado, llena de un nerviosismo que no la dejaba estar tranquila.
—Vic, ¿sabes en qué anda tu hermana últimamente? ¿Qué tanto está haciendo?
No podía dejar de frotarse los dedos con ansiedad.
Víctor estaba recostado sobre la mesa de centro, con una expresión de confusión.
—¿No que siempre ha estado ocupada fuera?
Leonor frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver? No es lo mismo.
—El Grupo Rojas ya está completamente en manos de Sofía y su gente, y a ella ni siquiera la dejan entrar. ¿Entonces qué tanto anda haciendo? Mejor que se quede aquí en la casa a cuidarme.
—¡Tirar la basura, tirar la basura! ¿Cómo es posible que siempre tenga algo que tirar? ¿Qué, colecciona la basura o qué? —Leonor pisó fuerte el suelo, desahogando su frustración, y luego le lanzó una mirada fulminante a Víctor—. ¿Y tú qué esperas? ¡Ve a abrir la puerta!
—¿Eh? Ah… sí, ya voy.
Víctor encogió los hombros, sin entender muy bien, pero fue obediente y se acercó a la puerta. A su edad, apenas superaba la altura del picaporte, así que ni pensó en mirar por la mirilla; simplemente giró la manija y abrió.
Apenas se asomó, sintió que una fuerza tremenda lo empujaba desde afuera.
De un jalón lo empotró contra la pared.
—¡Isi! ¿¡Isi estás aquí!? —chilló una voz aguda justo sobre él.
La voz extraña y la manera tan brusca de entrar lo dejaron pasmado, pero quien reaccionó más rápido fue Leonor, que desde el sofá gritó con fuerza:
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?
Begoña y la señora Rojas entraron una detrás de otra. Ambas miraron directo a Leonor, midiendo la escena con desconfianza.
—¿Y tú quién eres? ¿Dónde está Isi? —reviró la señora Rojas, avanzando dos pasos y, sin darle oportunidad a Leonor de responder, la tomó del brazo y la obligó a levantarse.

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