~Scarlett~
Él nunca se sentaba a mi lado. Siempre estaba al lado de Ava cuando estábamos en la casa de los Fuller, y en nuestra casa se sentaba en la otra esquina de la mesa.
—Sebastián... —murmuró Ava, bajando la cabeza de golpe, justo cuando estaba sonriendo como idiota porque Jack Fuller prometió pagar todo lo que yo había tirado— Yo, yo quiero...
Se paró con el plato en las manos.
Deseaba cambiarse de asiento.
—¿Y dónde más debería sentarme? —Sebastián se acomodó bien, apoyando un brazo sobre el respaldo de mi silla. Me miró a mí, no a Ava, cuando señaló la silla vacía a su otro lado— ¿Sabes para quién es esa silla?
Ava se quedó congelada, mirando a Sebastián con tanta tensión que hasta se le pusieron blancos los nudillos de lo fuerte que apretaba el plato.
Blanqueé los ojos. Sí, claro. Tu princesa. La niña de tus ojos. Como si me importara estar sentada junto a ti.
Tomé mi plato para moverme, pero él alcanzo a agarrarme de la muñeca
—Esa silla de allí es de Anna. ¿Y sabes por qué?
Tanto Ava como yo nos quedamos quietas, pensando.
—Porque un esposo debe sentarse junto a su esposa —me dijo con una sonrisa inofensiva, y estaba a punto de lanzarle esa Coca-Cola en la cara.
¿En serio?! Sabía que decía eso solo para evitar que Ava se sentara ahí, ¡pero igual! ¡El mismo tipo que se sentaba a propósito con Ava en casa de los Fuller para humillarme, ahora venía a decirme que un esposo debe sentarse con su esposa?!
Ava soltó el plato sobre la mesa. Hizo un ruido fuerte y todos se voltearon a verla. Todos, menos Sebastián.
Ya me estaba imaginando el nuevo plan de Sebastián, irritar tanto a Ava hasta que un día me matara. Así él se libraría de mí sin tener que pedírmelo.
—Ava Fuller —Dijo entre dientes Jack. Solo dijo su nombre, ni siquiera la miró. Pero Ava se encogió. Bajó la cabeza y murmuró:
—Perdón, papi.
—Las pedí a domicilio, las calenté y las puse en ese tazón —me respondió con una sonrisita burlona—. ¿Tienes hambre?
No tenía ganas de pelear. ¡Tenía hambre de alitas! Me quedé mirando el plato, sintiendo cómo se me hacía agua la boca solo con el olor. Sí las quería comer. Y sí quería ese vaso de Coca-Cola. Era la mezcla perfecta, burbujas frías explotando en la lengua con lo picante ardiendo, uff...
La Coca-Cola era lo que hacía que la mezcla fuera perfecta.
¡Y me la había quitado!
¡No! ¡No iba a vender mi dignidad por un plato de alitas! ¡No iba a rogarle! Luego le iba a contar a Aurora y ella me haría unas alitas igual de buenas sin tener que suplicarle a este desgraciado por un vaso de Coca-Cola.
Él puso el vaso justo en medio, de los dos, sin decir nada. Yo miré el vaso, deseando tomar un sorbito y luego lo miré a él.
Él solo sonrió y esperó.
¡Qué tipo tan odioso!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ella Aceptó el Divorcio, Él entró en Pánico