Al día siguiente, la lluvia cesó y el sol volvió a brillar.
Era sábado, así que no había que trabajar.
Paloma se levantó temprano y preparó el desayuno: avena, hot cakes y un vaso de leche para Fede.
Después de desayunar, Noelia se ofreció a llevarlos a casa en su carro.
Paloma no la dejó.
—Tienes unas ojeras enormes. Mejor regresa a la cama y descansa. Nosotros nos vamos en taxi.
Noelia no insistió.
Paloma y Fede regresaron a su departamento.
El balcón estaba inundado y hecho un desastre. Con la ventana abierta, el viento y la lluvia de la noche anterior habían hecho de las suyas.
La ropa limpia se había vuelto a ensuciar.
Paloma se puso a limpiar.
—Mamá, yo te ayudo —dijo Fede, corriendo hacia ella.
Paloma sonrió con dulzura.
—Claro que sí, mi amor. ¿Puedes ayudarme a trapear?
—¡Sí, me encanta trapear!
Paloma observó al pequeño afanándose con el trapeador, y la opresión en su pecho disminuyó un poco.
Su hijo era un verdadero tesoro, muy considerado.
Desde pequeño había sido consciente de lo mucho que trabajaba su mamá y siempre se ofrecía a ayudar con las tareas del hogar.
Cuando ella tenía que trabajar, él se portaba de maravilla, sin hacer ruido ni berrinches.
Como no tenía con quién dejarlo, lo había inscrito en la guardería antes de que cumpliera los dos años.
Al principio, le preocupaba que no se adaptara, que lo molestaran o que las maestras no fueran responsables.
Vivió angustiada durante un tiempo.
Pero después, las maestras le dijeron que Fede era un niño muy tranquilo y educado, que no les daba ningún problema.
Lo querían mucho.
Fede se había adaptado perfectamente.
Y ella por fin pudo respirar tranquila.
Madre e hijo trabajaron juntos un rato hasta que finalmente el balcón quedó limpio.
Paloma volvió a lavar la ropa.
A mano.
La lavadora del departamento rentado no parecía muy limpia, y no se atrevía a usarla.
Había comprado una nueva, pero aún no se la entregaban.
En cuanto la instalaran, podría usarla.
Cuando terminó de lavar, ya era casi mediodía.
Paloma llevó a Fede a comprar verduras.
—Ya sé, mamá. Iré —la interrumpió él.
Si ir al kínder hacía que su mamá estuviera más tranquila y feliz, entonces iría.
En realidad, él podía quedarse solo en casa sin problemas.
Pero su mamá siempre se preocupaba.
Como en los últimos días: él quería quedarse en casa, pero ella insistió en llevarlo con su madrina.
Paloma le acarició el cabello.
—¿Qué te parece si mañana te llevo al parque de diversiones?
Había notado que a los niños les encantaba ir a esos lugares.
Normalmente estaba demasiado ocupada con el trabajo y no tenía tiempo de llevarlo, pero mañana era domingo y estaría libre.
—No quiero ir al parque de diversiones. Mejor llévame a un museo.
Paloma se quedó sin palabras.
Su hijo solo tenía cuatro años. ¿Cómo era posible que no le gustaran las cosas de niños?
Un museo.
¿No le parecía aburrido?
Bueno, si a él le gustaba, lo llevaría.
Para su sorpresa, a Fede le encantó.
***

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