LUCIEN BLACKWELL
Esa noche los había visto discutir de manera disimulada, no me gustaba la manera en la que Aston veía a mi hermana, pero aun así me mantuve al margen por ella.
—Yo puedo encargarme de todo —dije entre dientes viendo fijamente a Aston, listo para saltar sobre él en cuanto Anna me diera la orden, pero ella tomó mi rostro entre sus manos y me sonrió.
—Escúchame bien… —Aunque sus ojos estaban enrojecidos, trataba de mostrarse como la mujer feliz y fuerte de siempre— …esto es algo entre Aston y yo. De por si no me gusta que uses tu fuerza bruta para solucionar cualquier detalle. Dejar que te encargues de esto sería como querer matar una mosca con un lanzamisiles.
Sonreí junto con ella, siempre tenía la habilidad de ponerme de buenas incluso en los momentos más complicados.
—Solo dime que no te quedarás con él… dime que no tendré que verle su maldita cara de perro infiel durante la cena de navidad o en tu cumpleaños —supliqué sintiéndome más tranquilo, aunque sabiendo que Anna seguía sufriendo por dentro.
—Si hay algo que no tolero, es la infidelidad. Lo sabes —contestó con media sonrisa mientras luchaba por contener sus lágrimas—. Cuando amas a alguien, no lo lastimas, eso no es amor, ¿escuchaste? Cuando encuentres a la indicada, no le toques ni un solo cabello o juro que te patearé el trasero.
Negué con la cabeza mientras ella pellizcaba mis mejillas. Aunque era mi hermana mayor, yo había heredado la responsabilidad del «negocio familiar» cuando nuestros padres murieron en un «accidente»… si se le puede llamar accidente a perecer en una lluvia de balas dentro de tu auto.
Anna era lo único que me quedaba. La única luz que me iluminaba. Ante los ojos de los demás yo era el que se hacía cargo de todo, quien jalaba el gatillo sin remordimiento, quien aspiraba a ser mejor que mi padre, pero en realidad, cuando nadie más veía, ella era mi consejera, quien me pedía una pulgada de humildad, quien me suplicaba que no me dejara corromper ni me volviera alguien cruel. Era mi guía, quien me ponía los pies en la tierra, y la perdí de la noche a la mañana.
Aún la recuerdo caminando hacia el idiota de Aston que tenía la apariencia de un perro regañado. Anna volteó hacia mí justo en la puerta, ofreciéndome una gran sonrisa, despidiéndose una última vez con su mano en alto, sacudiéndola suavemente antes de guiñarme un ojo mientras fingía que su corazón no estaba roto.
—Iban discutiendo en el auto… Anna había descubierto su traición y planeaba dejarlo, cuando el vehículo salió volando por el puente después de perder el control. Encontraron los cuerpos en el fondo del barranco —contesté con la mirada perdida en el pasado—. Aston estaba muerto, Anna logró llegar al hospital.
»Ella sufrió 24 horas continuas en terapia intensiva, con tubos conectados por todos lados. No podía ni siquiera respirar por ella misma. No había medicamento que pudiera quitarle el dolor de cinco costillas fracturadas, un pulmón perforado, hemorragias internas, una contusión cerebral… La lista es larga, y aunque me la sé de memoria, prefiero no decirla en voz alta.
»¡Los doctores no podían creer que ella seguía viva! —grité con furia y rechiné los dientes en un intento por contener las lágrimas.

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