LUCIEN BLACKWELL
La enfermera sabía muy bien las respuestas que quería obtener, o más bien, solo esperaba una confirmación de lo que ya sabía.
—La señora Blackwell respondió al equipo médico que se trató de una caída y que esos moretones son resultado de eso, porque sí, una mujer con esas características al ser ingresada se tiene que hacer una investigación profunda. —Intentaba mantener la cordialidad en su voz, sin embargo, parecía que me odiaba por lo que aún no confirmaba—, pero… hay patrones en ciertas lesiones que no se pueden justificar tan fácil.
»Ya sabe lo que dicen por ahí, si tiene escamas es un pez, si tiene plumas es un ave… Si hay hematomas en forma de dedos en los brazos, es violencia. Hay cosas en la vida que son demasiado simples, ¿no cree? —De nuevo me ofreció una sonrisa, pero esta vez estaba cargada de advertencia, y su mirada aguda lo confirmaba—. Puede entrar a verla, porque legalmente no hay una denuncia que lo evite, pero no la altere, por favor, porque lo sabré y las cosas se pondrán peor.
Sabía que la falsa confesión de Camille me estaba salvando de tener a la policía aquí para detenerme. Había cometido el error de venir con ella, de quedarme a esperarla. Si ella decidía delatar los malos tratos, me detendrían y sería el punto de inflexión donde la justicia podría destapar el resto de mis crímenes.
Solo tenía que recordar por qué atraparon a Al Capone, no por la matanza de San Valentín o por ser el líder de la mafia, sino por evasión de impuestos. Los hombres como yo también debíamos cuidarnos de las ironías de la vida.
Entré a la habitación y mi corazón se retorció. La cama estaba vacía y las sábanas removidas. Eché un vistazo rápido dándome cuenta de que Camille no estaba en ningún rincón. Salí de la habitación presuroso y cuando estaba dispuesto a alzar la voz para llamar a alguien, la vi del otro lado, caminando tranquilamente, como un alma en pena.
Decidí correr detrás de ella, pero cada vez que llegaba al punto donde la había visto antes, ella ya estaba en otro lugar, más lejos y sin inmutarse. Estaba a punto de creer que en realidad estaba persiguiendo un fantasma. Había entrado en una clase de juego que me llevó hasta el tejado del hospital, donde el viento arreciaba con fuerza. Di un par de vueltas sobre mi eje, buscándola, hasta que por fin la encontré, sentada en el borde, dejando que el aire jugara con sus cabellos rubios. Sus largas piernas colgaban hacia el vacío y algo dentro de mí se estrujó.
Parecía más pálida de lo normal y con unas ojeras profundas que me hablaban de su cansancio. Sus brazos estaban amoratados de tantas veces que la sujeté con fuerza. Y sí, me sentí culpable, pero siempre estaba esa vocecita que me decía que era lo justo, que ella estaba pagando por lo que hizo y no debía sentirme mal, pero esa voz cada vez se hacía más débil, conforme el sufrimiento de Camille aumentaba.
—No conozco a Anna… —susurró mientras levantaba su mirada hacia el cielo—, pero en todas las fotos parece una buena persona.
—Lo fue —contesté sintiendo el corazón en la garganta, acercándome lentamente hacía ella, pensando cómo tomarla sin que el susto la hiciera brincar. No quería que saltara.

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