LUCIEN BLACKWELL
—Bájame… puedo caminar —susurró Camille en cuanto supo mis intenciones de regresar al interior del hospital.
—Que puedas caminar no significa que sea seguro para ti o para el bebé —contesté con los dientes apretados mientras ella se retorcía suavemente entre mis brazos. No tenía fuerzas para pelear, pero hizo su mejor intento—. Quédate quieta.
—¿Ahora si te preocupa el bebé? Pensé que perderlo era una buena opción para ti —refunfuñó. Cuando bajé la mirada pude notar que se sentía herida.
No abrí la boca, porque no tenía nada qué decir. ¿Admitir que ella y el niño me preocupaban? ¿Aceptar que solo había fanfarroneado con la idea de deshacerme de mi propio hijo solo para lastimarla? No, no era una opción.
Regresamos a su habitación en completo silencio, mientras ella parecía querer mantener su distancia de mí, evitando recargarse en mi pecho o abrazarse a mi cuello. Tenía la mirada perdida y carente de alma.
¿La había roto lo suficiente? ¿Tanto como yo quería? En ese caso, ¿por qué no me sentía satisfecho?
La deposité con cuidado en la cama y ella ni siquiera se inmutó. ¿Sería así a partir de ahora? ¿Solo esperando su final?
—¿Por qué no detuviste la gestación? ¿Por qué no renunciaste al bebé? ¿Crees que será suficiente para que me apiade de ti, para que las cosas cambien entre los dos? —pregunté con la mirada clavada en su hermoso rostro. Apretó los labios como si se estuviera obligando a si misma a callar, pero al final, con una mirada retadora, me respondió.
—Porque él no es culpable de que su padre sea un idiota —contestó esbozando una sonrisa irónica—. Yo no hago pagar a justos por pecadores. ¿Me crees tan inhumana?
Entorné los ojos. Sabía que cada respuesta que buscara de ella solo vendría acompañada de rebeldía e ironía.
—Dime, Lucien, ¿quién hace las investigaciones por ti? ¿Un ciego? —preguntó de manera infantil. Había regresado la mujer retadora que conocía.
—¿Perdón? Mide tus palabras y tu tono conmigo —solté esperando que eso la detuviera, pero era demasiado inocente si pensaba que eso sería suficiente. Camille era una fuerza de la naturaleza imparable. A veces solo una leve brisa, otras un tormentoso huracán, pero siempre presente.
—No voy a medir mis palabras y hazle como quieras —rezongó como niña berrinchuda mientras torcía los ojos—. Un hombre de tu calaña de seguro es muy minucioso con investigar a sus objetivos porque un error puede ser fatal, ¿cierto? —agregó acomodándose en la cama—. Me imagino que estás muy seguro de que soy la Ruiseñor que buscabas, porque confías demasiado en quien obtuvo la información para ti.

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