CAMILLE ASHFORD
Durante todo el camino Lucien fue acariciando mi cabello, jugando con mis manos, entrelazando sus dedos con los míos y acercándolos a sus labios. Decir que estaba consternada se quedaba corto. Un día amenazaba con hacerme infeliz antes de matarme y al día siguiente parecía… cautelosamente cariñoso. Era una ternura fría y confusa la que expresaba hacía mí. Como si aún me odiara, pero no estuviera dispuesto a privarse de esos pequeños placeres.
En cuanto llegamos a casa, de nueva cuenta me tomó en brazos, insistiendo que debía de guardar reposo absoluto.
—Si tienes miedo de que te acuse con la policía por violencia doméstica… —rompí el silencio con mi incertidumbre, pero él soltó una suave risa, con una voz profunda que parecía brotar directo de su pecho.
—¿Crees que me da miedo que lo hagas? —preguntó sin siquiera voltear a verme, mientras avanzaba tranquilamente por el jardín exterior hacia la puerta de la mansión. Sus pasos eran lentos, como si no le pesara cargarme y quisiera extender el tiempo y nuestra cercanía—. No es que puedas escapar de aquí.
Aunque llevábamos tiempo conviviendo, prácticamente desde que decidió convertirse en mi único cliente en ese tugurio, me quedaba claro que no me conocía en absoluto. Siendo yo hija de una madre soltera y sobreviviendo en situaciones precarias, era buena enfrentando problemas y escapando también de ellos. ¿No le fue suficiente con ver a su amiga Nadia con la cara rota? Era obvio que no era una delicada florecita esperando que la rescaten.
Me llevó escaleras arriba, directo a la habitación principal, la cual, para mi sorpresa, estaba llena de esas rosas rojas esponjosas que él solía enviarme. Sería una vil mentirosa si no admitiera que ese fue un detalle muy lindo que tocó mi corazón y me sentí culpable por eso, porque sabía que no era el momento de ceder.
El cuarto estaba perfumado a hierba recién cortada y ese aroma dulce de las flores. Me depositó con cuidado en la cama antes de sentarse a mi lado y verme con intensidad.
—He decidido que nos vamos a dar una tregua en todo esto —dijo entornando los ojos. No parecía del todo seguro.
—¿Tregua? ¿Es tu versión de darnos un tiempo? —pregunté divertida mientras me acomodaba en la cama.
—Estás embarazada de mi hijo y no pienso hacer nada que lo ponga en riesgo. Es mi prioridad —agregó con firmeza, acomodándose la corbata.
—¿Siempre eres tan romántico? Ahora entiendo porque las mujeres te persiguen —contesté con sarcasmo mientras me cruzaba de brazos y le ofrecía una media sonrisa.

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