LUCIEN BLACKWELL
El auto se detuvo frente a un parque que parecía algo desolado. Era la clase de lugar donde verías vagabundos dormidos en los que alguna vez fueron juegos infantiles que ahora estaban oxidados y cayéndose a pedazos.
Salí del auto con la confianza de que mi chofer estaría listo para actuar en caso de cualquier emboscada. Caminé ignorando el aire frío que arreciaba contra mí, como si quisiera detenerme.
Me senté en una de las bancas despintadas, mientras paseaba la mirada entre los arbustos y árboles, encontrándome con ese par de ojos curiosos que la noche anterior parecían a punto de desorbitarse.
Se acercó abrazándose a sí misma, desviando la mirada en cada oportunidad hasta que se plantó frente a mí. Le señalé en silencio el otro lado de la banca y esta vibró en cuanto se dejó caer.
—¿Cuánto me vas a pagar? —preguntó intentando sonar firme y solo me hizo sonreír.
—Depende de lo que me digas y que tan útil me resulte —solté dejando que el silencio asentara mis palabras. Cuando la vi de reojo, noté que apretó los labios, llena de incertidumbre.
—Es más fácil cuando mandan a alguien más —siseó para sí misma—. ¿Qué hace el jefe haciendo el trabajo del lacayo?
Suspiré profundamente, sabiendo que tenía razón. Era imposible ocultar mi molestia. Si estaba donde estaba era porque me hacía cargo de cosas más importantes que buscar información. No le pides al CEO de una empresa que vaya por el café o saque copias, ¿verdad? Sería estúpido suponer que es su responsabilidad, porque como en todo, hay rangos, jerarquías. Cada uno tiene una labor, yo no podía hacerme cargo de todo al mismo tiempo. Cuando estaba abajo, fui un matón que hacía el trabajo sucio, por eso sé hacerlo, pero no significa que ahora que soy el jefe, siga siendo mi puta obligación, y aun así, aquí estoy, porque por primera vez en mucho tiempo, desconfío de mis hombres, lo cual supone un problema muy grave en este tipo de negocio.
—Digamos que… solo quiero confirmar algo —contesté molesto y rebusqué dentro de mi saco, encontrando un fajo de dinero. Una muestra de buena fe—. Si lo que tienes que decir es bueno, te daré mucho más.
La chica tomó el dinero con mano temblorosa y empezó a contarlo hasta que se dio cuenta de que era mucho más de lo que esperaba. Lo que consiguiera después de su confesión ya sería un extra.
—Todas te mintieron… —dijo apresuradamente, ansiosa por soltarlo todo—. La anterior Ruiseñor se fue un día antes de que Camille llegara. El dueño le puso así por falta de ingenio y practicidad, pero Camille nunca estuvo con Smith. Aunque él era un cliente frecuente y más cuando perdió su empleo, no coincidieron.
—¿Cliente frecuente? —pregunté frunciendo el ceño y por fin volteando hacia ella que comenzó a asentir enérgicamente con la cabeza.

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