LUCIEN BLACKWELL
De pronto el cielo se nubló y la lluvia comenzó a caer con fuerza, reduciendo el fuego y empapándome en pocos segundos.
—¿Eres tú, Anna? ¿No te agrada lo que hice? ¿Por qué siempre tienes que ser tan aguafiestas? —Negué con la cabeza mientras me sacudía las pequeñas gotitas de agua que caían de mi cabello. Mi chofer se acercó, sabiendo que era momento de partir, y así lo hicimos, directo a casa y a Camille.
Estaba ansioso de volverla a ver. Estaba ansioso de tenerla entre mis brazos y… suplicar. Sabía que no sería un camino sencillo, que el daño estaba hecho y que ella tenía un carácter demasiado fuerte como para esperar que fácilmente me recibiera con los brazos abiertos, pero… no tenía intenciones de ceder. Ella era mía, era la madre de mi hijo, tenía que quedarse a mi lado y haría lo que fuera necesario para que así fuera.
La lluvia había disminuido, pero no había cesado. Cuando rebasé la puerta sentí un nudo en el estómago que casi me hizo doblarme del dolor. Mi hermosa Camille estaba acurrucada debajo de la sombra de un árbol, abrazándose a ella misma mientras temblaba de frío.
Caminé directo hacia ella, con los puños apretados y las mandíbulas tensas, mientras me preguntaba qué carajos hacía ahí. Me hinqué y por fin su rostro, que había permanecido escondido entre sus brazos, se levantó. Sus cabellos dorados escurrían por sus hombros y sus labios normalmente rosas estaban casi morados.
—¿Lucien…? —susurró mi nombre y me desmoroné. Me quité el saco, aunque por fuera estaba mojado, por dentro aún conservaba mi calor, y lo coloqué sobre sus hombros.
—¿Qué haces aquí, Camille? —pregunté con suavidad y como única respuesta desvió su rostro, aún guardándome rencor, lo cual era lógico. Había mucho camino que recorrer y demasiado que arreglar entre los dos.
—Solo déjame en paz… —siseó y recostó su cabeza sobre sus antebrazos aún apoyados en sus rodillas—. Déjame sola.
—Camille… —susurré su nombre con anhelo, pero ella no volteó a verme, me privó de la belleza de sus ojos y decidió fingir que no existía—. ¿Quién te hizo esto?
—¿Importa? —respondió con voz ahogada, rompiéndome el alma. ¿Cómo esperaba que confiara en mí y me dejara protegerla después de todo lo que había pasado?
Sabiendo que no llegaría a ningún lugar con esta plática. Decidí tomarla en brazos. Para mi sorpresa no hizo nada para resistirse, pero parecía una muñeca de trapo, marchita, casi sin vida. La pesada responsabilidad de haberla roto comenzaba a calar en mi corazón.
Llegué hasta la puerta y en vez de abrirla de manera suave, decidí patearla, descargando toda mi frustración y coraje en ella, y tomando por sorpresa a todos en el interior.
—¡Amo Lucien! —exclamó mi ama de llaves con una sonrisa, corriendo hacia mí. Su energía se apagó en cuanto vio a Camille completamente empapada en mis brazos—. ¡Dios mío! ¡¿Dónde la encontró?! La hemos estado buscando…
Noté como el resto de la servidumbre se veía entre ella, dudando y juzgando.

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