LUCIEN BLACKWELL
Esther manoteaba, pero sus intentos eran inútiles, solo conseguía quemarse con la olla o golpear el borde de la estufa, mientras Nadia gritaba detrás de mí con pánico.
—¡Lucien! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Déjala! —Su voz era insoportablemente aguda, más de lo normal. Parecía tener intenciones de acercarse y al mismo tiempo mantenía su distancia porque sabía muy bien que no podía hacer nada.
Por fin saqué la cabeza de Esther de la olla. No era necesario describir lo grotesca que se veía con la carne cocida por la sopa hirviendo. Sus quejidos sonaban roncos, pues se había quemado la boca y la garganta, así como los ojos. No había palabras, solo balbuceos y vocalizaciones torpes y cargadas de dolor. Al haber perdido gran cantidad de cabello, decidí arrastrarla fuera de la cocina, sujetándola con firmeza del brazo.
La arrodillé frente al resto de la servidumbre y saqué mi arma de la pretina del pantalón. Un hermoso revólver Colt Python .347, el cual apoyé en su nuca.
—Quiero que algo quede muy claro aquí —hablé con calma, no era necesario subir el volumen de mi voz, sabía que me escuchaban perfectamente bien—. Las órdenes que yo dé se obedecen, porque yo soy quien manda aquí, no Esther ni Nadia… yo.
»Y si les estoy pidiendo de la manera más educada un favor sencillo como cuidar de mi esposa embarazada, eso es lo que espero, porque les estoy pagando de manera generosa. No son esclavos aquí. Son mis empleados y hasta el momento los he tratado con respeto y les he dado un sueldo y trato justo, ¿no es así?
Todos asintieron mientras agachaban la cabeza. No eran capaces de ver la masa sanguinolenta e inflamada en la que se había convertido Esther. Sabían que representaba la promesa de lo que les haría si volvían a desobedecerme.
—Bien, espero que la lección quede aprendida. No desearía repetirla en alguno de ustedes…
—Lucien… creo que estás exagerando… Esther ya entendió la lección —suplicó Nadia con ojos llorosos y actitud piadosa—. Por favor, hay que llevarla al hospital. Tenemos que atenderla cuanto antes…
No dejé que Nadia terminara de hablar cuando jalé el gatillo. El cuerpo de Esther cayó al suelo como un costal de papas y sus lloriqueos y súplicas cesaron de inmediato. El silencio después de un disparo es incluso cautivador.
Nadia se quedó sin palabras, viendo lo que quedaba de su cómplice en el piso. Sus manos temblaban y no sabía si acercarse a llorar o mantener su distancia. Después de todo, Esther había perdido esa imagen maternal que siempre la había caracterizado, entre la sangre y la carne quemada, así como ese enorme agujero en su cabeza, ya no era material abrazable.
—¡Limpien el desastre, por favor! No quiero que se haga un desastre —pedí con voz firme. Dos de los sirvientes que solían encargarse de los trabajos pesados, se acercaron para remover el cuerpo mientras un par de sirvientas más jóvenes comenzaron a limpiar todo con minuciosidad, lo cual agradecía—. Podríamos sembrar un limón encima de la fosa de Esther en el jardín, aunque de seguro los limones saldrán muy amargos.
—¡Lucien! —gritó Nadia detrás de mí, con los ojos brillosos y cargados de desesperación—. ¿Qué estás haciendo? ¡Mataste a quien fue tu niñera! Esther era parte de esta familia… ¡¿cómo pudiste?!
—Soy un mafioso, es lo que hacemos los mafiosos. ¿Crees que me dedico a cortar margaritas? ¡Carajo! —contesté torciendo los ojos con fastidio—. ¿Qué te sorprende? No es la primera vez que me ves matar a alguien. Incluso puedo presumir que fui piadoso.

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