DAMIÁN ASHFORD
—¿Señor? —preguntó mi ayudante después de tocar insistentemente a mi puerta.
—¿Ahora qué? —Torcí los ojos, molesto, odiaba que me interrumpieran cuando más ocupado me encontraba. En verdad cumpliría mi amenaza, estaba acomodando mis asuntos a modo de que pudiera pasar más tiempo con Andy. Lo hacía con el fin de poder estar al tanto de mis hijos, cerciorarme de que ella estuviera comiendo bien y fuera a sus chequeos con el doctor, eso era lo único que me interesaba, estar pendiente de mis hijos… o eso era a lo que me aferraba.
—Se fue… —susurró y entonces cada vello de mi cuerpo se erizó. Levanté la mirada hacia mi ayudante y este retrocedió intimidado.
—¿Perdón? ¿Qué acabas de decir? —pregunté en un tono bajo, pero con la suficiente potencia para que entendiera que no estaba para bromas y que dependiendo de lo que dijera su cabeza podría terminar separada de su cuello.
—La señorita Andy no se presentó a trabajar. Llamó el de recursos humanos y dijo que intentó comunicarse con ella sin éxito. —Hizo un esfuerzo admirable para no tartamudear.
Lidiando con una presión en el pecho que era insoportable, rechiné los dientes, tomé mi abrigo y me dispuse a buscarla en el departamento que estaba rentando.
Durante todo el camino el sonido de llamada se perdía y me enviaba a buzón, así que decidí enviarle un mensaje directo y corto: «¡Contesta!». No pasó mucho tiempo, si acaso un par de segundos cuando ella respondió: «¿Para qué?». Esa m*****a mujer volvía a burlarse de mí. Lleno de furia agregué: «Para salvarte». Sostenía el teléfono con tanta fuerza que pensé que lo rompería en cualquier momento, así que cuando recibí su respuesta pude sentir que la vibración del aparato llegó hasta mis huesos. «¿Salvarme? ¿De qué?», preguntó casi de inmediato. «¡Salvarte de lo que te haré si no me contestas!», podía sentir que gritaba mi respuesta dentro de mi cabeza mientras la escribía.
Entonces por fin entró una llamada de ella y pude calmar mi furia un poco.
—Supongo que ya te dijeron que no fui a trabajar —dijo con una tranquilidad que me hizo hervir la sangre—, y supongo también que en este momento estás yendo a mi departamento.
—Ya estoy ahí y más vale que tú también —siseé lleno de ira mientras ponía el primer pie fuera del auto y levantaba la mirada, imaginando cuál era el cuarto de Andy.
—Señor Ashford… por favor, pase, la puerta está abierta —contestó con la misma tranquilidad y un toque de apatía que me hizo entrecerrar los ojos.
Entré furioso siendo seguido por mi ayudante y un par de guardaespaldas.
—No te preocupes, le informé al casero que lo dejara entrar —agregó con esa melodiosa voz que tanto odiaba y… al mismo tiempo me encantaba.
—Como si necesitara del permiso de alguien para hacer las cosas —contesté iracundo, pasando derecho sin voltear hacia el hombre que parecía sorprendido.
—¿Sabes? Ese es el problema contigo. Crees que puedes hacer y deshacer a tu antojo, sin consecuencias, sin límites. Ves en los demás un método para un fin, le has quitado a las personas su capacidad de sentir y tomar decisiones. Eso es muy egoísta —agregó con su voz impregnada de lástima.

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