ANDY DAVIS
Aunque lo consideré, supe que quedarme en el país era riesgoso. No podía asegurarme de que Ashford no se mantendría vigilándome como lo había hecho últimamente y presentar mi «curriculum» ante cualquier empresa era un riesgo para que me encontrara, si ya no por los niños, tal vez como venganza. Se notaba que era un hombre que no solía aceptar la derrota.
Con el corazón en la mano y el miedo en la maleta, decidí que lo único que podía hacer era escapar del país, escapar de John, mi exesposo quien ya había anunciado su compromiso con Lynnet, hablando de ella como si fuera el amor de su vida y actuando como si yo jamás hubiera existido. Ya no tenía nada en este lugar, solo dolor. Necesitaba empezar de nuevo y París parecía un buen lugar.
Dentro de un hermoso café con vista al museo del Louvre, revisaba en mi teléfono de algún departamento confortable donde poder vivir, y no podía evitar acariciar mi vientre. Imaginaba a mis pequeños creciendo mientras mi sonrisa se hacía cada vez más grande, mi corazón se llenaba de tanta esperanza y anhelo. Deseaba tenerlos por fin en mis brazos y llenarlos de amor incondicional.
Entonces algo me sacó de mi ensoñación, una mano se apoyó en la mesa junto a mi café. Levanté la mirada, siguiendo la dirección de esa extremidad varonil y el estómago se me hizo tan pequeño como una pasa. Un par de ojos claros y profundos me veían confusos.
—¿Andy? ¿Eres tú? —preguntó con una voz profunda que causó eco en mi cabeza. La mandíbula se me cayó, pero logré articular mientras me levantaba:
—¿Bastián? —Tragué saliva y de nuevo mi estómago se revolvió.
—¿Cuánto tiempo sin vernos? Parece una eternidad —murmuró y su sonrisa me reconfortó, en verdad parecía tan feliz de verme que su calidez ya había alcanzado mi corazón. Sin pensarlo dos veces me estrechó con ternura. Era tan alto que tenía que alzar mucho la cara para que mi mentón se acomodara en su hombro.
Su loción amaderada con tintes de té verde inundó mi nariz y me hizo recordar esos primeros semestres en la facultad de derecho, donde Bastián era mi mundo entero y yo el suyo. Apreté los labios, porque la nostalgia estaba haciendo mella en mí, o tal vez eran las hormonas las que me traicionaban.
—No sabes cuanto te extrañé… —susurró en mi oído y de nuevo sonreí, mientras me esforzaba por no llorar, pero sabía que ya debía tener los ojos llorosos.
Cuando el abrazo se terminó intenté reír mientras limpiaba mis ojos con disimulo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté tratando de aparentar naturalidad.
—Eso mismo quisiera saber… —soltó y su sonrisa se disolvió un poco—. Hasta donde sabía, estabas casada, viviendo cómodamente en Estados Unidos. ¿Dónde está tu esposo?
Volteó hacia el interior del local, pero mi suspiro cargado de cansancio hizo que regresara su atención hacia mí.
—Soltera… —solté alzando mi mano, aún tenía una franja pálida adornando mi dedo, justo donde ya no estaba el anillo de bodas. Me dejé caer en mi asiento y mis manos se apoderaron de mi taza de café, haciéndola girar suavemente, intentando ocultar mi nerviosismo.

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