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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 126

ANDY DAVIS

—No puedes darle simplemente la espalda… —dije viendo con atención a Damián mientras caminaba de un lado para otro en la casa, sacando las cosas de Camille y poniéndolas en una maleta que tenía pensado enviar con Shawn a casa de Lucien.

—Yo no le di la espalda, ella se la dio sola —contestó con molestia y por supuesto, frustración—. ¡¿Qué más necesita?! Aquí tiene todo, amor, techo, comida, no me importó que estuviera embarazada de ese tipo, acepté a ese niño incluso antes de que naciera, y aun así prefiere regresar a ese lugar.

»¡Estuvo casi a punto de abortar estando con él! ¡¿Qué puta necesidad tiene de regresar ahí?!

Me acerqué a él cuando vi que parecía cansado y envolví su cintura.

—¿Por qué? ¿Por qué regresar? ¿Por qué volver a torturarse? ¿Qué la motiva a irse con él? —susurró destruido mientras me estrechaba con dulzura.

—Solo ella sabe… —contesté recargando mi cabeza en su pecho—. A veces, cuando nos enamoramos, perdemos de vista el horizonte y no nos importa que tan malo o bueno sea el hombre por el que nuestro corazón late.

»Lo único que nos queda es apoyarla y estar ahí para ella. Lo peor que puedes hacer es alejarla… Ahora más que nunca te necesita y cuando quiera llamarte se detendrá pensando que no acudirás —mis palabras hicieron que su actitud se volviera aún más melancólica.

—Necesito pensar… —soltó malhumorado, quitándose mis manos de su cintura y alejándose de mí, saliendo por la puerta mientras los mellizos y yo lo veíamos con tristeza.

—¿Papá está muy enojado? —preguntó León abrazando su carrito de bomberos.

—¿Tía Camille no volverá? —segundó Victoria apenas con sus ojitos asomados por encima de la cabeza de su oso.

—Papá está enojado, porque extraña mucho a la tía Camille, pero estoy segura de que ella volverá —contesté intentando consolarlos—. Traten de no hacer mucho ruido cuando papá esté triste, mejor llénenlo de amor y muchos besitos. ¿Está bien?

Asintieron con determinación antes de subir las escaleras, directo a su cuarto.

Solté un suspiro tan profundo que fue lo único que se escuchó en la sala hasta que el timbre sonó con insistencia. Pensé que era Damián, arrepentido de haberse ido así, y no tardé en ir corriendo a abrirle, pero para mi sorpresa no era él.

—¿John? —pregunté con el ceño fruncido y dudando si azotarle la puerta en la cara—. ¿Qué carajos haces aquí? ¿Cómo supiste donde vivo?

—Tenías razón —soltó con amargura y una sonrisa que no le subía a los ojos—. Aunque supongo que fue obvio para todos menos para mí.

—Siempre tengo razón… pero… ¿a qué te refieres? —pregunté confundida y ansiosa, sin saber cómo expulsarlo de la propiedad.

—El hijo de Lynnet, no es mío —contestó y se talló la cara como siempre que se sentía atrapado—. Hice una prueba de ADN. Ya lo había considerado antes, pero quise confiar en ella. Había sacrificado tanto que… si hacía la prueba, si la enfrentaba, sería como admitir que me había equivocado y que no había valido la pena nada de lo que hice.

—¿Y lo valió? —pregunté torciendo los ojos y negando con la cabeza.

—No… —contestó sin pensarlo—. Estoy solicitando el divorcio. Se acabó.

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