CAMILLE ASHFORD
A la mañana siguiente descubrí que el otro lado de la cama seguía vacío. Me sentí inquieta, pues no era lo que esperaba. Pensé que Lucien no se apartaría de mí, que buscaría mi cariño de una manera más insistente. ¿Estaba usando psicología inversa? ¿Esperaba que su ausencia causara mella en mí?
Con el corazón inquieto, decidí pasar largo tiempo en la tina, remojando mis dudas e incertidumbres hasta que el aroma a jazmín se impregnó en mi piel y mis dedos se arrugaron. Cuando salí del baño me encontré un hermoso vestido sobre la cama. Era de maternidad. La tela tenía un hermoso y elegante estampado floral y de nueva cuenta olía a suavizante para bebé. No pude evitar olfatearlo profundamente antes de soltarlo.
De nuevo quería rebelarme, quería arrojar el vestido por la ventana y resistirme a sus detalles, pero no lo hice, no pude. Una vez que me lo puse, terminé ante el tocador, cepillando mis cabellos, acomodándolos detrás de mis hombros antes de pintar un poco mis labios y mis ojos, queriendo verme… linda, por si… me encontraba con Lucien.
¡Dios! ¡¿Qué estaba haciendo?!
Resoplé antes de salir de la habitación. Lidiando con mis deseos y la vocecita que me decía que era lo correcto para mi orgullo.
El olor a panqueques empezaba a inundar la mansión y mi apetito se abrió. Aun así, vagué un poco, saludando a cada sirvienta que me encontraba en el camino, hasta que llegué a una habitación que anteriormente había estado cerrada. Para mi sorpresa, en cuanto giré la manija, la puerta cedió.
La habitación era amplia, femenina, pero sobria. Colores tenues en las paredes, un tocador amplio y ropa aún en el clóset. No estaba empolvada ni abandonada. Pasé la mano por cada mueble, sabiendo muy bien a quién pertenecía ese espacio sin que nadie me lo dijera. La sensación de tristeza era tan profunda que por un momento quise llorar, pero me contuve.
—Esta es la habitación de Anna… —escuché la voz de Lucien desde la entrada. Cuando volteé estaba recargado en el marco, viéndome atento, como si tuviera miles de preguntas que no planeaba decir en voz alta—. Me alegra que te gustara el vestido.
Mi corazón se azotó violentamente entre mis costillas mientras yo intentaba mostrarme tranquila y apacible. Posé la mano sobre mi estómago, queriendo contener las mariposas que parecían rabiosas y desesperadas.
—Recuerdo que mantenías esta puerta cerrada… ¿Qué cambió? —pregunté desviando la mirada, fingiendo que no me importaba que él estuviera ahí.
—No quiero guardar ningún secreto para ti —contestó haciendo que mi piel se erizara—. Todas las puertas de esta casa están abiertas, para cuando quieras entrar.
El silencio se asentó y no sabía qué decir. Quería rechazar su propuesta, tal vez burlarme de sus intentos, pero la voz me faltó, se extinguió dentro de mi garganta. Cuando por fin volteé hacia él, de nuevo me encontré con esa seriedad tan medida con la que me veía.
—Por favor, baja a desayunar. El doctor no tardará en llegar —agregó con una sonrisa melancólica antes de dar media vuelta y desaparecer de mi vista.
Caminé hacia la puerta, buscándolo, pero cuando me asomé al pasillo ya no estaba, había desaparecido como si fuera un fantasma.
—¿Tú ya desayunaste? —pregunté al aire con melancolía, pero no recibí respuesta—. Supongo que no te veré en el comedor.
Y así fue.

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