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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 133

CAMILLE ASHFORD

Mi estómago dolía, eché un último vistazo hacia atrás y cuando mis ojos se encontraron con los del chofer, levanté mi pulgar, asegurando mi éxito, pero él de nuevo solo desvió la mirada con fastidio. Algo me decía que se sentía avergonzado de tratar conmigo. ¡Nah! Imposible, soy adorable.

Abrí lentamente la puerta del despacho y comencé a pasear los ojos por el lugar, entre los libreros y el escritorio, sobre el cual dejé la charola con cosas mientras me movía lentamente.

—Deja todo y ve con Camille. Vigila que coma y descanse —dijo Lucien tomándome por sorpresa, pensando que era el ama de llaves.

Me quedé estática cuando lo encontré asomado a una de las ventanas, sin camisa, sosteniendo su vaso de alcohol con hielo contra el enorme moretón en su abdomen y gotitas producto de la condensación entre su piel caliente y el vaso frío resbalaban, directo hacia el borde de su pantalón.

También podía ver los nudillos de Damián marcados perfectamente en su abdomen, pero de eso me di cuenta al último.

Sus brazos no estaban tensos, pero podía verse muy bien cada músculo debajo de su piel tatuada. Tragué saliva mientras lidiaba con el calor de mis mejillas. Aunque él parecía necesitar más ayuda que yo, estaba demasiado preocupado por mí, prefería que el ama de llaves me cuidara. Mi corazón se hizo muy chiquito y me dieron ganas de llorar. ¡Malditas hormonas del embarazo!

Entonces arrugó la nariz y olfateó el aire como si fuera un sabueso. Volteó lentamente encontrándose conmigo en medio de la habitación, como niña regañada, sosteniendo mis manos, nerviosa.

—¿Camille? —preguntó sin poder creer lo que veía.

Abrí la boca, pero no salió ni una sola palabra. Me di la vuelta de inmediato y revisé las cosas en la charola.

«No pidas perdón si volverás a fallar, pero, principalmente, no pidas perdón cuando no lo sientas», las palabras de mi madre me dieron vueltas en la cabeza mientras mis manos revoloteaban. Así había pasado mi vida sin disculparme, dejando que los problemas pasaran y solos se olvidaran, cada ofensa, cada grosería, era como esperar que todo se arreglara por arte de magia. Tal vez por eso me costaba tanto ver a los ojos a Lucien y pedirle perdón por haberlo acusado falsamente y tratarlo con desprecio.

En el fondo me seguía aferrando a que se lo merecía, pero últimamente comenzaba a dudarlo.

Cuando volteé de regreso, él ya estaba a un paso, viéndome con atención, queriendo leerme la mente.

—Deberías de acomodarte en ese sofá… —murmuré con la piel erizada y levanté las compresas con las que planeaba limpiar su sangre.

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