ANDY DAVIS
Salí apurada del auto, llevando en una bolsa el helado prometido. Creí que esa visita a la heladería sería suficiente para dejar de pensar en lo que había hablado con John y su madre, pero no, en realidad sus palabras no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.
El peso de sus amenazas comenzaba a ser molesto e incómodo. ¿En verdad podríamos contra ellos?
Con algo de dificultad saqué mis llaves del bolso, pero antes de poder encajarlas en la chapa, la puerta se abrió lentamente, dejándome ver a Damián con gesto serio y mirada profunda.
—Regresaste temprano… —susurré asombrada. Pensé que tendría tiempo para recomponerme.
—¿Qué estudios? —preguntó con las mandíbulas apretadas mientras yo entraba a la casa, sintiendo una atmósfera cargada de tensión.
—¿Estudios? —No comprendía su pregunta.
—Sí, Shawn me dijo que fuiste al hospital para recoger unos estudios. ¿Qué estudios? —Entonces me quedé congelada. Abrí la boca, pero no tenía aliento—. Andy…
—Damián, yo… —Dejé los botes de helado en la encimera y traté de acercarme a él, pero extendiendo una mano hacia mí, deteniéndome.
—¿Dime qué estudios recogiste o explícame por qué regresaste al mismo hospital donde John sigue internado? —exigió con firmeza y al mismo tiempo miedo.
Resoplé cansada. Sabía que no podía mantener en secreto esto por mucho tiempo, pero tampoco quería darle otro problema en el cual pensar.
—¿Por qué confiar solo en mis palabras? —Rebusqué en mi bolso y extendí hacia él la pequeña grabadora que llevaba—. Fui al hospital a ver a John, pero… no iba a hacerlo sin un respaldo, no solo para presentarlo a la corte si decía algo incriminatorio, sino para ti, para que veas que soy de confianza y mi lealtad es hacia ti.
Damián tomó la grabadora con curiosidad y su gesto cambió de la molestia a la duda.
***
—¿Prosti… piru… qué? —preguntó Damián con el ceño fruncido, viendo la grabadora con curiosidad en su mano, mientras que yo permanecía como niña bien portada, sentada frente a él, con las rodillas juntas, las manos sobre estas, y una sonrisa inocente.
Había terminado de escuchar la grabación frente a mí y debía admitir que no podía mostrarme como una víctima después de todo lo que les había dicho a John y a su madre, pero sinceramente no me arrepentía.
—«Prostipirugolfo», la combinación perfecta entre prostituto, pirujo y golfo —contesté por fin, con orgullo, y su sonrisa se hizo más grande mientras negaba con la cabeza.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó antes de comenzar a reír a carcajadas.
—De la secretaria del bufete en París —agregué apenada y bajando la mirada—. Y dice cosas peores.

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