LUCIEN BLACKWELL
Me mantuve por largo rato viendo la pequeña casa ante mí. Tenía ese estilo suburbano, con cerca blanca, paredes color pastel y un jardín bien cuidado. Arrojé mi cigarro al piso y, mientras lo aplastaba con la punta de mi zapato, sentía el peso de mi arma en la pretina de mi pantalón.
Revisé una vez más el sobre que me había entregado Camille, era la dirección indicada, pero esa cita con el pasado me incomodaba.
Avancé con mi chofer cubriéndome las espaldas. Justo en la puerta, él fue quien tocó el timbre un par de veces, sin prisa, no quería asustar a la verdadera Ruiseñor.
Entonces por fin la puerta se abrió de manera relajada, precediendo a la tensión y la sorpresa, pues yo había venido buscando a una urraca interesada y me había encontrado con una rata que parecía tener más vidas que un gato.
Aston se quedó sin palabras, todo el color desapareció de sus mejillas y sus labios comenzaron a temblar.
Intentó cerrar la puerta azotándola, pero la detuve con mi brazo antes de entrar a la casa y comenzar con la cacería.
—¡Aston! No sabes… el placer que me da saber que estás vivo, aunque me sorprende, hay un acta de defunción con tu nombre y apellido. ¿Hay algo que quieras compartir con tu cuñado? —pregunté con los dientes apretados y los recuerdos atorados en la garganta.
Sabía que mi chofer se había movido a la puerta trasera, como siempre que un objetivo se ponía en movimiento en la ratonera. Caminé con paciencia, como si fuera mi propia casa y tuviera todo el tiempo del mundo, mientras veía los recuerdos acumulados de una vida a costa de Anna.
Levanté una foto donde se le veía a Aston muy feliz con quien imaginaba era la perra que buscaba. La dejé caer al suelo antes de aplastarla bajo mi pie y quebrar el marco y el cristal.
—¡¿Dónde estás grandísimo hijo de puta?! —grité a todo pulmón antes de tomar el sofá por el respaldo y volcarlo sobre la mesita de centro, haciéndola añicos—. Si es necesario quemar esta maldita casa hasta los cimientos, lo haré…
En ese momento escuché un suave crujido que venía de lo que parecía la cocina. Posé mi mano en la cacha de mi revólver mientras me acercaba. Entonces el idiota salió de detrás de la barra, con lo que parecía una escopeta recortada y un grito de guerra patético.
Al mismo tiempo que disparó, yo desvié el cañón. Por un breve momento solo era capaz de escuchar un silbido en los oídos, pero las siguientes dos detonaciones de mi arma en las piernas de Aston fueron bastante perceptibles. Un disparo en cada muslo.
Entre gritos y dolor cayó de rodillas, con los muslos sangrantes mientras sacaba toda la munición de su escopeta y la dejaba caer lejos de él.
—¿En verdad creíste que tenías oportunidad? —pregunté sorprendido por su arranque de valentía para después golpearlo con fuerza en la cara—. ¿Dónde está tu puta? ¿La estás protegiendo?
—¡Lucien! ¡Por favor! ¡Espera! —exclamó arrastrándose por el piso, adolorido, ya que sus piernas no funcionaban—. Por favor, entiéndeme… yo me enamoré…
—¿Te enamoraste? —pregunté con una calma que ni siquiera yo reconocía—. ¿De quién? ¿De esa perra y del dinero de mi hermana? ¡Por tu culpa Anna está muerta!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO