CAMILLE ASHFORD
¿Quién dijo que vivir en una mansión con todas las comodidades era divertido? Suena genial, pero en realidad cuando no se tiene mucho que hacer, es demasiado aburrido. Así que, prácticamente sin pedir permiso, me puse a arreglar las flores que adornaban cada habitación.
—Señorita Camille… No debería de estar aquí. ¿Por qué no va a su habitación y…?
—Estoy aburrida —interrumpí al ama de llaves mientras resoplaba—. ¿En dónde consiguen estas rosas? Nunca las he visto en las florerías de la ciudad.
—El señor Blackwell las cultiva en el invernadero. Es el único lugar donde no podemos pasar sin su permiso —contestó viendo las rosas con atención—, y es el único momento donde parece humano.
¿Él las cultivaba? ¿El mafioso sanguinario le gusta la botánica? Irónico y romántico. Un hombre tan oscuro y cruel como… dedicado y gentil. ¿Eso era posible?
—Sí está tan aburrida, entonces puede ir al jardín a recibir un poco de sol, se ve pálida —agregó con media sonrisa, tentada a quitarme la rosa de la mano.
—Quiero hacer algo útil… —refunfuñé al mismo tiempo que giraba para alcanzar otra rosa. Lamentablemente, no estaba muy consciente de mis dimensiones desde que estaba embarazada, y empujé el jarrón con mi vientre, tirándolo al suelo y rompiéndolo—. Genial… ¿Puedo echarle la culpa al bebé?
—¡No se agache! —exclamó el ama de llaves en cuanto vio mis intenciones de recoger yo misma el desastre, y de pronto ya tenía a un pelotón de sirvientas limpiando.
—Creo que… no soy de mucha ayuda —dije dando saltitos para no pisar ningún pedazo roto.
—Señorita Camille, entiendo que se desespere y aburra, pero debería de descansar por el bien del bebé. Cuando nazca no tendrá tiempo ni de respirar —agregó el ama de llaves de manera maternal, aunque era una mujer apenas más grande que Andy.
Con media sonrisa, asentí y decidí dirigirme hacia la habitación. No había manera de hacerla cambiar de opinión, pero eso no significaba que aceptara de buena gana. Acaricié con ternura mi abdomen, concentrándome en sentir a mi pequeño moviéndose inquieto dentro de mí. Era tan extraño y a la vez hermoso.
Abrí la puerta con una amplia sonrisa y me senté en el borde de la cama. Cuando estaba a punto de comenzar a hablarle a mi bebé, escuché el ruido de la puerta abriéndose, pero esta vez era la del baño.
Una chica con el uniforme de sirvienta se me quedó viendo fijamente como si estuviera ante un fantasma. Entorné la mirada con desconcierto, pues se me hacía vagamente familiar.
—¿Eres nueva? —pregunté con cautela y con ambas manos cubriendo mi bebé.
Su nerviosismo me puso los vellos de punta. La presión en mi pecho y el nudo en la garganta me advertían que algo no andaba bien. Retrocedí cada paso que ella avanzó hacia mí, mientras intentaba visualizar la puerta.

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