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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 149

DAMIÁN ASHFORD

Desde el pasillo podía ver hacia el interior de la habitación de Camille. Sentía que apenas había aceptado que era mi hermanita, cuando de repente ya estaba ahí, meciendo a su bebé entre sus brazos, como una madre primeriza llena de amor y esperanza. El tiempo pasaba demasiado rápido y no me daba oportunidad para pensar.

Al lado de la cama, los mellizos acechaban a su tía como tiburones listos para comerse al tipo de la balsa. Daban brinquitos, asomándose por la orilla, sujetándose al colchón, ansiosos por ver a su primo.

Con gentileza, Andy los tomaba por el torso y los sentaba con cuidado en el borde, uno de cada lado para que tuvieran la mejor vista. Podía ver cómo les decía algo entre murmullos, pero por la manera en la que movía su dedo índice, como director de orquesta, sabía que los estaba condicionando. Tendrían la oportunidad de estar cerca de Camille y ver a su primo, solo si se portaban bien, y así lo hacían, calladitos y con las manitas en el regazo, veían con atención al nuevo miembro de la familia, asombrados y curiosos, compartiendo miradas llenas de ilusión y unas cuantas sonrisas traviesas.

Esa era mi familia, y se me llenaba el pecho de orgullo y satisfacción, pero sobre todo de amor, sensación que no tenía antes. Mi soledad fría y al mismo tiempo cómoda, ya no existía. Hoy se me hacía insuficiente e incluso miserable. Un hombre exitoso, pero solo. Reconocido por su dinero y sus logros, pero sin amor sincero.

Por eso no quería buscar una mujer y esperar a que sus sentimientos fueran sinceros hacia mí y no hacia mi dinero, por eso solo quería un vientre que me diera hijos, no quería quebrarme la cabeza… y como si el destino quisiera burlarse de mis planes, me presentó a esa feroz pantera. La primera en lograr desesperarme hasta la locura, la primera en incluso abofetearme. La única que me hizo obsesionarme y odiarla, odiarla por no poder tenerla, y ahora que era mía, con esos hermosos ojos azules, esos labios dulces y ese maldito cuerpo que sacaba lo más bestia de mí, tenía miedo de perderla.

—Qué curioso que el mundo entero de los dos hombres más peligrosos de la ciudad, e incluso del país, quepa en un cuarto de diez metros cuadrados —dijo Lucien, apareciendo a mi lado como un fantasma, sus pasos eran tan silenciosos como los de un gato, pero su presencia era amenazante como si la mismísima muerte con su guadaña de plantará a tu lado.

—Nuestro mundo entero… y nuestra debilidad —susurré casi para mí mismo mientras veía a Andy, con su hermosa sonrisa, con sus ojos brillando de emoción, con esa luz que irradiaba con naturalidad.

—Jamás me imaginé emparentar con la familia Ashford… —dijo Lucien viendo con la misma adoración a Camille. Ni siquiera parpadeaba—. Creí que eran una bola de adinerados petulantes y sin cerebro. Bueno, hasta hace unos días que un pajarito me contó tu pequeño secreto.

La manera en la que arrastraba las palabras con malicia, disfrutando de incomodarme, me revolvió el estómago. Quería machacarlo a golpes.

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