DAMIÁN ASHFORD
Las palabras de Lucien causaban eco dentro de mi cabeza y odiaba admitir que pensaba igual que él. Si Andy me faltara, si algo le pasara, si ella un día decidiera alejarse de mí. ¿Tendría la fuerza para querer despertar un día más? La respuesta era clara, y la misma que Lucien había dado.
No podía vivir sin ella. No valía la pena hacerlo.
—¿Quién lo diría? Damián Ashford: filántropo de buen corazón, es un tema turbio —agregó Lucien torciendo su sonrisa y negando con la cabeza—. Somos la misma m****a, Ashford. Las revistas y periódicos se preguntan cómo llegaste tan lejos siendo tan joven… ahí está: transformaste la empresa familiar en un negocio muy peligroso que has sabido manejar durante años.
—¿Ahora entiendes por qué no me molesta que esté en tus manos? Ahora que está en juicio…
—¡Qué hijo de puta! —me interrumpió y por fin volteó hacia mí—. Si descubren lo que estás haciendo… Si encuentran pruebas suficientes para encerrarte…
—Los dos nos pudriremos en la cárcel. Si yo caigo, tú caerás conmigo, porque ahora eres mi socio, la mitad de todo te pertenece, estás tan sumido en la m****a como yo, no, peor… porque te investigarán y sacarán toda la podredumbre al sol. Yo lavo dinero y tengo laboratorios clandestinos, pero tú, tú has matado, tú eres un contrabandista, un cabrón más cabrón que yo.
»Tienes un cementerio en tu jardín trasero y la policía lo encontrará en cuanto le den luz verde para indagar en tu prestigiosa vida de millonario solitario. —Me llenó de satisfacción cambiar su rostro de gozo a uno cargado de tensión.
Inhaló profundamente, con la boca apretada hasta formar una línea recta, viendo al vacío mientras su cerebro empezaba a hacer cuentas, inspeccionando la lista de sus pecados con minuciosidad. ¿Cuántos cargos caerían sobre él si todo saliera a la luz? ¿Podría seguir manipulando al gobierno y a la justicia o era demasiado como para que ellos pudieran hacer algo por él?
El crimen y la ley son amantes desde tiempos inmemorables, pero como buena amante, ella no cuida enfermos, y dejará solo al criminal cuando la verdad lo consuma ante los ojos del pueblo. Cuando necesite un chivo expiatorio para demostrar su falsa responsabilidad hacia la justicia y brindarle una falsa confianza a sus gobernados.
—No me quejaré… porque eso significa que Camille quedará fuera de esto, pero eso no significa que no quiera romperte la cara —contestó antes de suspirar cansado—. Me has metido en un jodido problema. ¡Ya tengo suficientes!
—Por fin algo en común —susurré cruzándome de brazos—. Yo también quiero romperte la cara, por segunda vez.
»A todo esto, ¿quién me delató?
Al principio noté como apretó los labios antes de dar media vuelta y recargarse en el barandal, pero pronto su semblante se volvió de resignación.

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