LUCIEN BLACKWELL
Cada vez que me metía a mi invernadero me gustaba poner algo de música clásica. Había escuchado que ayuda mucho en el crecimiento de las flores, tal vez por eso las rosas florecían de esa manera, con tantos pétalos que le daban una apariencia esponjosa, y de un rojo oscuro, como el de la sangre venosa.
¿Cómo lo sabía?
Porque también como asesino se aprende mucho. No es lo mismo cortar la vena yugular que la arteria femoral. El color, la presión y el tiempo de muerte son muy diferentes.
Entre mis rosas me embargaba una paz que me desconectaba del exterior. Comencé a cortar con delicadeza, una por una, sin dejar de pensar en Camille. Hoy la darían de alta junto a mi hijo. Por fin los tendría para mí, mi familia. Mi hermosa mujer y mi querido hijo, las dos partes de mi corazón, hasta que Camille decidiera darme un hijo más, de esa misma manera se fragmentaría mi amor que era incondicional hacia ellos.
Entonces la vi por el rabillo del ojo, perturbando mi calma. Mi cuerpo se tensó, pues este era mi espacio personal, o lo había sido durante muchos años. Mi refugio. Nadie podía entrar, ni siquiera para limpiar. Este espacio me pertenecía. Aun así, guardé silencio, porque pese a todo, la esperaba.
—Vivaldi… —dijo Nadia con una sonrisa cargada de satisfacción—. ¿Invierno?
—Verano —contesté sin prestarle atención mientras se acercaba.
—¿No se supone que esas melodías cargan el sentimiento de la estación? ¿Por qué suena tan deprimente si el verano es sinónimo de vacaciones, sol y playa? —susurró mientras se apoyaba sobre sus codos en mi mesa de trabajo. Quería romper el hielo, quería evocar una época donde aún tenía mi benevolencia. Actuaba como si nada de lo que hubiera pasado nos hubiera afectado de alguna manera.
—Porque en la época en la que Vivaldi compuso la melodía, el verano significaba jornadas eternas bajo un sol que quemaba. Cansancio, sudor, dolor y enfermedad. La gente aún no normalizaba en esos años salir a vacacionar en esa estación —respondí imperturbable sin prestarle atención—. ¿Qué haces aquí, Nadia?
Se removió incómoda. Dándose cuenta de que mi actitud hacia ella no cambiaría. Se había metido con la mujer que amaba y no solo eso, ya no era una persona de confianza para mí.
—Vine en cuanto supe que te ibas a mudar —soltó rascando con nerviosismo la madera de la mesa—. ¿Es en serio?
—Te enteraste de mi mudanza, ¿pero no de la agresión hacia mi esposa? —pregunté cortando la siguiente rosa.

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