ANDY DAVIS
Me quedé en silencio, viendo como Ashford caminaba de un lado para otro, peinando su rubio cabello hacia atrás mientras tensaba y destensaba sus mandíbulas. Podía imaginarme todo lo que pasaba por su mente. Saqué mi teléfono sin que se diera cuenta y busqué la última foto de mis pequeños antes de levantar el aparato hacia él.
—Son ellos… —susurré. Por un momento pensé que no me habría escuchado, pero de inmediato volteó, primero hacia mí, sentenciándome con su feroz mirada antes de bajarla hacia el teléfono y arrebatármelo. En otro momento lo hubiera golpeado, pero no podía hacerlo enfurecer más, el miedo de que se muriera aquí por el coraje o, peor aún, que decidiera no ayudarme a salvar a León, me hacían pensar dos veces cada palabra—. Se llaman Victoria y León.
Se quedó viendo fijamente la pantalla, con una combinación de furia y melancolía. Entorné los ojos, buscando en los suyos algo de… ¿humanidad? ¿Era posible que ese hombre tan robótico y malhumorado tuviera alma?
—¡¿Cómo pudiste?! —gritó furioso, tomándome por sorpresa. De pronto tenía su mano en mi cuello, pero no la apretaba, podía notar como los músculos de su brazo se tensaban debajo de la camisa, pero sus dedos apenas me sostenían—. Me mentiste… me hiciste creer por cinco años que ellos estaban muertos. ¿Por qué?
—Porque de no ser así, me los hubieras quitado —contesté sin miedo, pero tampoco con rabia.
—Te iba a dar dinero y todo lo que quisieras… —siseó entrecerrando aún más los ojos.
—Sonará trillado, pero hay cosas que el dinero no puede comprar… No hay cifra que pudieras ofrecerme que fuera suficiente para venderte los hermosos y felices años que he tenido con ellos —respondí y los ojos se me llenaron de lágrimas.
—¡Qué dulces palabras! —exclamó y su rostro se volvió el mismo que tendría el diablo al burlarse de mí—. La madre Teresa anda pidiendo tu número.
—¡Hablo en serio! —exclamé quitándome su mano del cuello y acercándome más para encararlo. Su furia no me iba a hacer temblar—. Amo a mis hijos y no los hubiera abandonado solo por dinero, para que tuvieran una vida miserable con su padre.
—Esas son palabras muy dulces para una mujer que le sacó 5 millones a su exmarido —respondió con una sonrisa irónica—. El mundo se mueve con dinero, no quieras convencerme de que tú eres diferente.
—Me engañó, embarazó a su esposa cuando solo era su amante, me hizo perder 5 años de mi vida haciéndome pensar que me amaba, lo justo era que me diera una compensación —siseé molesta. ¡No podía decirme que lo que hice fue malo!
—Qué curioso… también me engañaron por 5 años —respondió acusándome con la mirada mientras me regresaba mi teléfono—. ¿Crees que también merezco alguna clase de compensación?
Avanzó hacia mí hasta que de nuevo terminé con la espalda contra la barda y su aliento sobre mis labios. Presioné mi teléfono contra el pecho y levanté mi mirada, sosteniendo la ferocidad con la que había intentado defenderme todo ese tiempo.
—Damián, por favor… León te necesita. Tiene leucemia y si no lo ayudas… —la voz se me quebró. No quería verme tan desesperada como en realidad lo estaba, pero… ¿había otra manera de tocar el tema?—. Por favor…
Mientras sus ojos escudriñaban yo esperaba una respuesta. ¿Podía ser tan cruel para no salvar a su propio hijo?
—¿Ashford? —preguntó de pronto una rubia encantadora, caminando por los jardines. Si existía la mujer perfecta, sin duda era ella. Ningún cabello fuera de lugar, una figura excepcional cubierta por un vestido que parecía habérselo prestado alguna diosa griega—. ¿Está todo bien? Los invitados están por llegar.

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