DAMIÁN ASHFORD
El ruido del avión privado era apenas un murmullo en la cabina de lujo, pero mi mente estaba atrapada en un torbellino de pensamientos. Andy iba sentada frente a mí con su expresión severa pero serena, como si tratara de encontrar la forma correcta de abordar lo inevitable. Era la primera vez en cinco años que compartíamos un espacio tan reducido y eso me molestaba. Me molestaba porque me daba cuenta de que, a pesar de todo, su presencia seguía teniendo el mismo efecto en mí: un maldito caos interno.
—¿Quién era la mujer que quiso detenernos en tu casa? —preguntó de pronto, con un tono de voz impersonal, fingiendo que lo que había pasado en los últimos años eran pequeñeces y podíamos tener una plática amistosa.
La miré sin prisa, deleitándome con el azul gélido de sus ojos. Era curioso como una sola mirada de Andy era suficiente para que mi estómago se hiciera pequeño y se retorciera. ¿A eso se le llamaban «mariposas en el estómago»?
—No es nadie que deba preocuparte. —Aunque había querido que mi voz sonara tajante y firme, curiosamente salió suave, desinteresada.
—Pues… parecían tener pendiente una fiesta —insistió intentando ser sutil. No lo era.
Ladeó el rostro, evaluando mi expresión, pero fui yo quien sintió ternura al ver esa actitud. Me recordaba a la de un pequeño pajarillo curioso. Inhalé profundamente y desvié la mirada hacia la ventanilla antes de soltar todo el aire con una actitud molesta por su insistencia, pero en realidad estaba molesto conmigo mismo, porque sentía que ella tenía demasiado poder sobre mí. ¿En qué momento le había dado ese derecho?
Ante mi silencio, no insistió, lo cual me irritó y alivió a la vez. Con ella era sufrir ambos extremos al mismo tiempo. Frío y calor. Odio y Atracción. Dolor y placer. Parecía que no podía encontrar un punto medio. Andy siempre había sido así, sabía escoger sus batallas. No obstante, en ese momento yo quería que peleara conmigo, que se enfureciera, que me odiara, porque entonces podría justificar el cómo me sentía. Pero no lo hizo.
—No soy mala persona por haberle pedido 5 millones a John —soltó de pronto, clavando sus ojos en los míos. —Me los debía. Me traicionó de la peor manera.
—Lo sé — admití recargándome contra el asiento. —De hecho, investigué la situación cuando te fuiste. Estoy seguro de que John es estéril.
—¿Qué? —Andy parpadeó sorprendida.
—Lo escuchaste bien. ¿Por qué crees que en mi clínica los primeros intentos de fertilización no funcionaron hasta que se confundieron con mi muestra? Su esperma no funciona. Jamás hubieras quedado embarazada de no ser por mí —contesté con suficiencia y orgullo. No estaba de más dejarle en claro a Andy que su exesposo no era ni la mitad de hombre de lo que yo era.
Su reacción fue inesperada. De pronto una carcajada salió de sus labios, melodiosa, sincera y endemoniadamente hermosa. Fue como un golpe directo a mi pecho. ¡Dios! No había escuchado risa tan más dulce en toda mi vida.
—Entonces el hijo de su esposa… —dijo con ambas manos en su boca mientras sus ojos se paseaban por toda la cabina—. ¡Ja! ¡Pobre idiota! Lynnet se embarazó «naturalmente» de otro y ahora John cría a un hijo que no es suyo —agregó todavía riendo—. Bueno, aprenderá el concepto de «padre es el que cría, no el que engendra».
Me quedé observándola en su satisfactoria victoria, memorizando cada expresión, cada pequeño movimiento de sus labios. Sentí el impulso de alargar la mano y tocarla, deseaba recorrer su mejilla y delinear sus labios, pero me contuve. Me obligué a recordar que seguía siendo esa fiera orgullosa que había conocido y no dudaría en morderme.

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