ANDY DAVIS
—No estás sola, Andy. No voy a dejarte. Te protegeré. —Bastián me rodeaba con sus brazos y su calor reconfortante, envolviéndome mientras susurraba contra mi cabello. Aunque me sentía segura, no podía dejar de ver hacia Damián, su figura alta e imponente, ese ceño fruncido y dominante, esa mirada que parecía querer arrancarte el alma.
Escondí mi rostro contra el pecho de Bastián, obligándome a ignorar a Damián que seguía hablando por teléfono. Parecía que le estaban dando malas noticias por como su rostro era una mueca de desagrado.
Después de un profundo suspiro, me aferré al torso de Bastián. Quería creer cada una de sus palabras, aferrarme a esa promesa. Era el hombre perfecto, dulce, considerado y protector, ¿qué mujer no estaría feliz de tener a alguien como él a su lado? Entonces… ¡¿por qué mi corazón parecía rehusarse?! Era como si lo estuviera arrastrando directo hacia Bastián mientras se aferraba con uñas y dientes al piso, dedicando sus latidos en otra dirección. ¡Me odiaba por como me sentía cuando el idiota de Damián estaba cerca!
De pronto el teléfono de Bastián sonó, perforando el momento con su insistente vibración. Bastián chasqueó la lengua con fastidio antes de apartarse apenas y sacar el móvil del bolsillo. La tensión se apoderó de su expresión al ver el nombre en pantalla.
—Es del bufete —informó con resignación antes de responder—. Dime…
Lo observé en silencio mientras escuchaba los sonidos ahogados y distorsionados en la línea, notando la lucha en su semblante. Lo que fuera que le estuvieran diciendo no era bueno. Colgó sin despedirse y vio su teléfono por largos segundos antes de dirigir sus ojos profundos hacia mí.
—Surgió una situación con el último caso —dijo entre dientes y torció los ojos—. Necesito ir, aunque no quiera.
Sabía que no quería dejarme sola con Damián, pero no podía ignorar esa llamada.
—Bastián, ve. No puedes desatender el bufete por mí —insistí empujando suavemente su pecho—. Ya has hecho demasiado y no es que podamos desatender el negocio por mucho tiempo.
—No me gusta la idea de dejarte sola con él. —Su ceja se arqueó con suspicacia y su mirada se clavó en mí como buscando asegurarse de que de verdad estaría bien—. Sé que es el padre de los mellizos, pero ese tipo es un problema.
—Voy a estar bien —dije con firmeza, aunque no estaba del todo segura.
Bastián pareció dudar, pero terminó inclinándose para dejarme un beso fugaz en los labios. Demasiado rápido para que yo pudiera reaccionar. Lo suficientemente intenso para provocar una chispa de cólera en la mirada de Damián, que nos observaba desde el otro lado del pasillo.
—No tardaré… —prometió pellizcando mi mentón mientras sus ojos no dejaban de analizar los míos con preocupación—. Si me necesitas no dudes en llamarme, vendré de inmediato. —Retrocedió sin darme la espalda, solo sonriéndome de esa manera tan encantadora—. Quien sabe, tal vez cuando regrese traiga un anillo de compromiso digno, uno que combine con tus hermosos ojos.
No pude evitar sonreír mientras negaba con la cabeza. En cuanto Bastián dio media vuelta y salió trotando del pasillo, de nuevo esa incertidumbre empezó a distorsionar la felicidad que debía de sentir al tener a un hombre como Bastián a mi lado. Dejaba un sabor agridulce en el paladar.

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